7.6.12

Abril - Después de todo... (Cap. 19)


Abro mis ojos, es un día nuevo, lo infiero pues las sombras se han ido. Los bríos matutinos dibujan rayos de sol en el techo de mi recámara. Susurro, me cuento un secreto. Algo se puede escuchar más allá de la ventana, puede ser un canto, un cuculí, unas tórtolas, a lo mejor un pelícano. Me muevo entre las sábanas que me cubren y respiro profundamente. Un día más en este lugar. Un día más.

Me levanto, tiendo mi cama y sonrío al infinito. Me cambio con ropa de diario. Antes de salir por completo, miro al pasillo y me cercioro que esté vacío, doy tres pasos hacia el centro del mismo y camino silencioso, no deseo despertar a nadie, todavía es de madrugada lo sé porque nadie recuerda haber escuchado los cantos de aves. Camino sigiloso, mis pasos hacen eco, suave muy suave.

Los pasillos son largos, sospecho que alguien ya se percató que estoy despierto pues el silencio es un silencio profundo, el aire se siente en el ambiente y se van aclarando las recamaras por los bríos de la mañana. Unos pasos atrás de siguen. Hago como si no los hubiera escuchado pero camino un poco más rápido, encuentro una salida. Abro la puerta, estoy casi libre,

Un parque pequeño hacia el portón de salida del edificio. Unos cien pasos más. Una mano delgada, sin hacer mucha presión me detiene.

- Señor ¿A dónde está yendo? Es hora de su aseo.
- Señorita no se ha dado cuenta de lo lindo que está el día. Venga acompáñeme a la pileta en el centro del parque.
- Está bien, sólo un momento.

Me sostiene del brazo y me lleva a una silla al frente de la pileta. Sonríe.

- Le gusta la naturaleza.
- Si, por supuesto. Es un universo orgánico insondable, indescriptible y aún así tenemos el privilegio de tenerlo frente a nuestros ojos.
- Mmm… ¿Y qué piensa pintar hoy día en el taller de arte? ¿Algo de lo que estamos viendo ahora?
- Puede ser, tal vez. Aunque me gustaría todavía terminar con mi pintura anterior, la que dejé inconclusa porque ya era hora de comer.
- ¡Oh! Esa es muy bonita, todavía la recuerdo vívidamente. Una biblioteca, me dijo ¿Verdad?
- Si.
- Muy bien, es hora de regresar. Ya le toca su aseo.
- Un momento, por favor. Acérqueme a la pileta, si fuera tan amable señorita… A… A… Amelia ¿Verdad?
- Así es, Amelia, para servirle. – En su identificación hay una V que le sigue a su nombre. ¿Acaso será Valdivieso o Villavicencio?

Amablemente me acompaña y me ayuda a acercarme a la fuente. Mi mirada me lleva a través de las sinuosidades que dejó el escultor, a propósito, para darle su toque único. Llego al inicio donde reposa el agua, repaso con detalle las ondas que se forman por las precipitaciones de los recodos donde acaricia el agua. Encuentro mi reflejo, me encuentro. Canas, arrugas, una que otra mancha en la piel, unos ojos profundos que me cuentan historias en mi memoria, momentos que no se pueden olvidar que no quiero olvidar, mi sonrisa inquebrantable y mi vestido impecablemente blanco.

Sé que después de todo ahora los recuerdos me traicionan, sé que después de todo sé que mi experiencia en la vida pudo haber servido para enseñar a otros que vienen después de mí, me veo en el reflejo y encuentro un gesto de Bruno, mi entrañable amigo que algún día hubiera deseado encontrar en el muelle de Pimentel. Jamás llegó, jamás converse con él. Porque Bruno y Rodrigo, ambos, soy yo.