Abro mis ojos, es un día nuevo, lo
infiero pues las sombras se han ido. Los bríos matutinos dibujan rayos de sol
en el techo de mi recámara. Susurro, me cuento un secreto. Algo se puede
escuchar más allá de la ventana, puede ser un canto, un cuculí, unas tórtolas,
a lo mejor un pelícano. Me muevo entre las sábanas que me cubren y respiro
profundamente. Un día más en este lugar. Un día más.
Me levanto, tiendo mi cama y sonrío al
infinito. Me cambio con ropa de diario. Antes de salir por completo, miro al pasillo y me cercioro que esté vacío, doy tres
pasos hacia el centro del mismo y camino silencioso, no deseo despertar a
nadie, todavía es de madrugada lo sé porque nadie recuerda haber escuchado los
cantos de aves. Camino sigiloso, mis pasos hacen eco, suave muy suave.
Los pasillos son largos, sospecho que
alguien ya se percató que estoy despierto pues el silencio es un silencio
profundo, el aire se siente en el ambiente y se van aclarando las recamaras por
los bríos de la mañana. Unos pasos atrás de siguen. Hago como si no los hubiera
escuchado pero camino un poco más rápido, encuentro una salida. Abro la puerta,
estoy casi libre,
Un parque pequeño hacia el portón de
salida del edificio. Unos cien pasos más. Una mano delgada, sin hacer mucha
presión me detiene.
- Señor ¿A dónde está yendo? Es hora de su aseo.
- Señorita no se ha dado cuenta de lo lindo que está
el día. Venga acompáñeme a la pileta en el centro del parque.
- Está bien, sólo un momento.
Me sostiene del brazo y me lleva a una
silla al frente de la pileta. Sonríe.
- Le gusta la naturaleza.
- Si, por supuesto. Es un universo orgánico
insondable, indescriptible y aún así tenemos el privilegio de tenerlo frente a
nuestros ojos.
- Mmm… ¿Y qué piensa pintar hoy día en el taller de
arte? ¿Algo de lo que estamos viendo ahora?
- Puede ser, tal vez. Aunque me gustaría todavía
terminar con mi pintura anterior, la que dejé inconclusa porque ya era hora de
comer.
- ¡Oh! Esa es muy bonita, todavía la recuerdo
vívidamente. Una biblioteca, me dijo ¿Verdad?
- Si.
- Muy bien, es hora de regresar. Ya le toca su aseo.
- Un momento, por favor. Acérqueme a la pileta, si
fuera tan amable señorita… A… A… Amelia ¿Verdad?
- Así es, Amelia, para servirle. – En su
identificación hay una V que le sigue a su nombre. ¿Acaso será Valdivieso o
Villavicencio?
Amablemente me acompaña y me ayuda a
acercarme a la fuente. Mi mirada me lleva a través de las sinuosidades que dejó
el escultor, a propósito, para darle su toque único. Llego al inicio donde
reposa el agua, repaso con detalle las ondas que se forman por las
precipitaciones de los recodos donde acaricia el agua. Encuentro mi reflejo, me
encuentro. Canas, arrugas, una que otra mancha en la piel, unos ojos profundos
que me cuentan historias en mi memoria, momentos que no se pueden olvidar que
no quiero olvidar, mi sonrisa inquebrantable y mi vestido impecablemente
blanco.
Sé que después de todo ahora los
recuerdos me traicionan, sé que después de todo sé que mi experiencia en la
vida pudo haber servido para enseñar a otros que vienen después de mí, me veo en
el reflejo y encuentro un gesto de Bruno, mi entrañable amigo que algún día
hubiera deseado encontrar en el muelle de Pimentel. Jamás llegó, jamás converse
con él. Porque Bruno y Rodrigo, ambos, soy yo.