19.4.12

Abril - ¿Sabes? (Cap. 5)


- ¿Y te declaraste a Abril? – Arrugó su frente sorprendido y me respondió.
- No muchacho, ahora los jóvenes van más rápido, creo que antes éramos menos osados. Pues había una cultura que tenía altas expectativas de los menores, tantas que los presionaban a ser de comportarse así o asá y eso era, en muchos casos, lo más difícil de sobrellevar. Nuestras prioridades estaban primero en lo académico, pues si no lo cumplías defraudarías a la familia y simplemente no quedarías bien ante la sociedad. Si querías tener una enamorada, una novia, una pareja, tenías que ir en serio. Era mal visto por la sociedad si decidías estar con una señorita y luego terminabas y pronto empezabas con otra, eso no era de caballeros. Toda su cuadra tenía que enterarse que estabas interesado en alguien pues si no era así podías ser calificado de deshonesto, “picaflor” o como lo llaman ahora “jugador”.
- Así que la situación con Abril ya estaba difícil desde antes que se conocieran.
- En parte. Lo primero que teníamos que hacer entonces era presentarnos como amigos, como incondicionales y sinceros amigos. Conocer a la familia, a las amistades, que la chica conozca a tu familia y a tus camaradas y así recién se podría pensar en empezar una amistad más cercana, una relación pero con la venia de la familia y la sociedad, que en efecto eran los amigos y conocidos de los padres. Después de un tiempo prudencial, de amistad y haberse conocido, recién se podría conversar con los padres para hacer planes de matrimonio. Y después de otro tiempo prudencial más, realizar la ceremonia con bombos y platillos, cuando recién les dejaban a los hijos libres y ya la señorita no debería regresar a casa antes de las 7 de la noche.
- Así que tu relación con Abril duró mucho – asumí que Rodrigo se había casado con Abril por la nostalgia con la que venía cargada su historia, pero la realidad de su pasado fue otra. Me continuó contando la historia para explicarme mejor.

Ese día comimos en la cafetería del hospital. Me comentó que el libro celeste que estaba leyendo aquel día que me desmayé se trataba de un libro antiguo de cuentos que su madre le leía después de pesadillas que tenía en su infancia. Leer esos cuentos le traía mucha paz, ahora que su madre no estaba cerca. Los cuentos de la Luna, se llamaba y todos empezaban con Había una vez… y terminaban con Y vivieron felices para siempre. Pero ella sabía que la realidad de la vida no siempre era la de los cuentos. Me contó que estaba en el último año de enfermería y que disfrutaba mucho de su trabajo, sobretodo en el área de rehabilitación y emergencias, también. Me agradeció por haberle ayudado con los accidentados y yo le regalé una sonrisa. Le pregunté por el señor que llamaba a Juana y ella me explicó que sus dolores parecen ser más del alma que físicos. Pues los médicos le estuvieron haciendo exámenes y no encontraban nada, “lo tienen en el hospital por caridad” me dijo. Había llegado un jueves de la última semana de enero y todos los jueves de la última semana de todos los meses entraba en crisis, lloraba, se retorcía y gritaba ¡Enfermera! cogiéndose de la cabeza y cerrando los ojos. Nunca nadie supo porqué hacía eso los últimos jueves de cada mes. Pero sospechan que es por la comida que sirven en Hospitalización. Me quedé desconcertado y me imaginé que el señor había llegado a tal punto en su divagación que encontró en el hospital se convirtió en un lugar donde podría sentirse como en casa. Al igual que algunos presos se sienten bien en cárcel, y algunas personas con gafas grandes se sienten bien en las bibliotecas, y algunas personas con la piel bronceada por el sol se sienten bien en el mar y las olas. El señor de los últimos jueves de cada mes se sentía bien en el hospital y hacía su escena para celebrar su llegada a “casa”.

Abril, se divirtió comentándome las peripecias que devinieron al verme tirado en el piso de la biblioteca. De cómo su tío, el bibliotecario, me levantó en brazos y yo balbuceaba algunas frases sin sentido mientras Abril recogía mi trabajo de la mesa, las guardaba en el despacho de su tío y se apuraban por llevarme al hospital. Me dijo que mientras me traían tuvieron que hacer algunas paradas porque su tío no podía cargarme muy cómodo y se cansaba. Y luego le agradecí por todos los favores que me habían otorgado. Abril me miró con sus ojos de miel y dejó su cabello ser llevado por la brisa y su rostro iluminado por el sol, me declaró en esa oportunidad que tarde o temprano ella iba marcar un episodio de mi vida que jamás olvidaría esa frase fue como un susurro del futuro, una simple intromisión premonitoria que se posaba sobre sus labios. Y así fue. Ese día le pregunté si le gustaría seguir compartiendo momentos gratos y tal vez salir a pasear de vez en cuando, prometí no desmayarme. Lo pensó poniendo su puño bajo el mentón y aceptó. Mi corazón palpitó más rápido y fingí para que no se diera cuenta de mi emoción, puse cara de todo está bien. A la mitad de mi alegría me dijo que debía regresar al recinto de emergencias. Accedí a la idea e imaginé nuestro encuentro al día siguiente en la entrada de la biblioteca. Ahí nos veríamos.

Llegué con el mejor traje que tenía. Pantalón gris, camisa blanca, tirantes, mi saco bajo el brazo y unos lentes de sol, me sentía un galán de novelas, aquellas que una lee y se enamora de la chica protagonista sin saber siquiera su rostro o sus costumbres. Sólo por la prosa, sólo por su voz entre las líneas que uno lee. Ella me esperaba con un vestido floreado, celeste. Me miro por encima de las hojas del libro que leía, uno de tapa de cuero. Su tío me miró sonriendo, como guardando un secreto.

Se puso de pie llamando la atención de los de gafas grandes, ellos se distraían de sus estudios sólo para verla pasar, tan cercana y, al mismo tiempo, lejana como se lo permitían sus gafas. Se me acercó, me miró y me entregó mis apuntes de aquel día. Luego salió caminando y yo me quedé tan estupefacto como los de gafas grandes. La alcancé a la salida de la biblioteca.

- ¿A dónde quieres ir?
- A la playa.
- ¿A la playa? Pero… no traje ropa de baño y creo que tu tampoco.
- ¿Nunca has caminado por el balneario?
- Eh… no.
- Es divertido, ya lo verás.

Sus pasos eran firmes, sin necesidad de querer retroceder. Me quedaba seguirle y caminar a su lado, a su paso.

Llegamos al atardecer, era un atardecer de primavera. El cielo en una amalgama de colores azules, violetas, naranjas y rojos. Su rostro tomo otra iluminación y me sentí bien con ella. Aquel día conversamos mucho, conversamos sobre nuestros estudios y sobre nuestras familias. Ambos teníamos un interés por nosotros. Ella y sus ojos de miel y yo con mi sonrisa agradecida. Me comentó que no conoció a su papá muy bien pues se había peleado con su mamá cuando era muy niña. Su madre estaba ocupada criando a su hermano menor que tenía una enfermedad aparentemente incurable y ella estaba estudiando enfermería para ayudar a su hermano a curarse. Me costó ir preguntando más y más sobre su familia pues sentía que ella prefería no recordar mucho de ellos pues los extrañaba mucho. Pensaba que si iba abriendo era herida llegaría un momento en que no podría cerrarla y sería imposible para mi manejar la situación, sobretodo en nuestra primera cita. Ella mantenía siempre la cordura, y su postura firme, sólo sus ojos se perdían en el horizonte azul mientras retenía algunas lágrimas, ella tampoco deseaba llorar. Para zanjar el tema me dijo: ¿Sabes? Creo que puedo ayudar a mi familia, eso me haría mucho bien. Sentiría que mi padre, donde se encuentre, no tendrá motivos para sentirse tranquilo porque nos hizo mucho daño y tal vez pensará que no podremos salir adelante sin él. Pero le demostraré que si. Eso me haría mucho bien.

Noté un sentimiento hondo de venganza pero decidí guardarlo para una conversación después. Le dije si quería ir a comer algunas empanadas de globo y tomar algún té o café. Y ella accedió dando vuelta y dejando que su cabello una vez más sea llevado por la brisa. Ahora me tocaba mi turno.

Le conté que me gustaba mucho jugar con mis amigos en la playa, por eso no me había detenido a pasear por el balneario. Alguna vez me interesó el atardecer en la playa pero más me gustaba la música criolla en mi cuadra. Le dije que vivía con mi padre y mi madre y que tenía un hermano mayor que estaba en Lima trabajando. Ella observó del atardecer y me preguntó te gustan esos colores. Dije que sí. Nos sentamos a la mesa a comer empanadas de globo y tomar manzanilla. Le conté que prefería estudiar contabilidad porque así podría trabajar en una empresa grande pero primero debería terminar la carrera, luego pensaba postular para un puesto en la empresa de los Mendoza. Me miró sorprendida y luego tomo un poco más de manzanilla. Le regalé una sonrisa de agradecimiento y me dijo que ya era tiempo de regresar. Su tío le debería estar esperando y me contó aquel secreto que cambiaría el significado de nuestra relación.

- Él no sabe que estoy acá, contigo. – Dijo como contándome un secreto pero con sus ojos muy abiertos.
- ¿Cómo? – Le repliqué
- Te diste cuenta que salí rápido, le dije que me iba a encontrar con Josefina, y no sospechó porque te dí tus cosas como empujándote. – Me siguió contando como si fuera un secreto, sus ojos me causaban curiosidad mientras se movían y me explicaba y su nariz en medio, tan exacta, tan suya, tan única.

Sus cabellos se posaban sobre su hombro y el vestido que llevaba se mantenía intacto, sin arrugas, sin hilos escapándose de su costura, todo perfecto, casi perfecto, de no ser por el mensaje que me contaban sus labios. Claro, yo no podría estar con ella esa tarde, pues no había sido lo suficiente caballero como para acercarme a su tío y pedirle permiso para salir con su sobrina. Evidentemente me hubiera escudriñado, me hubiera preguntado muchas cosas y me hubiera puesto a prueba con un rotundo “¡no!”. Pero ella se había adelantado a mi intención, se había precipitado a su tío, me había dado la oportunidad de conocerla sin intermediación de su familia, me dio la impresión de ser osada y no querer mostrarlo, su timidez aún se mostraba cuando caminaba, cuando la luz del atardecer le iluminaba el rostro. Lo cierto era que había decidido pasar conmigo una tarde platicando de nosotros, casi como en un momento nuestro creado por su ingenio para nosotros, para olvidarnos de los demás. Pero era justo al caer la tarde, cuando el sol acaricia las olas del mar cuando ella me traía la noticia de que debía asumir mi responsabilidad. Pronto, sin mayor dilación.

17.4.12

Abril - ¡Enfermera! (Cap. 4)


- Muchacho ¿Te gustaría ir a pescar?
- ¿Pescar? Oh, no, no, yo no se pescar.
- Anda ¡Vamos! Al parecer si me has seguido acá, no tienes ningún apuro.
- Bueno… está bien.

Sus ojos se llenaron de ánimo, creo que recién estaba en el inicio de su historia y no quería perder la ilación. Me pregunté si antes lo habría intentado con otros transeúntes pensativos y apariencia de tener mucho tiempo para escucharle. La comida estuvo muy bien condimentada y ahora el caminar hasta el puerto de Pimentel me iba a dar un tiempo más para comprender cuál era el móvil de este anciano a quien acompañaba para contarme su vida.

Aquella noche, en el hospital, esperé a Abril hasta que me quedé dormido de cara a la entrada al recinto donde yacíamos muchos pacientes. Ésta, sería mi última noche en el hospital y pronto tendría que ir a la biblioteca para recoger mis cosas y ni más volver a asomar mi rostro por la vergüenza de que se rían a mis espaldas. Lo mejor que podría ocurrir, según lo que pensaba en ese entonces, era que Abril me acompañara a leer mientras yo iba a recoger mis cosas y así los de anteojos grandes no harían murmullos sino quedarían con la boca abierta y así podría regresar cuantas veces quisiera a la biblioteca. Nada de eso ocurrió. Esa noche quedé dormido muy temprano. Abril llegó y me encontró durmiendo dejó algo en el buró al lado de mi camilla y atendió al señor que llamaba a Juana y luego siguió atendiendo a todos hasta que quedamos durmiendo y en silencio. La luz de la calle ingresaba por las ventanas altas y dejaban que mi rostro tuviera una coloración azul. Abril me miraba de reojo, yo no me percataba de aquello, sólo dormía.

Al día siguiente, Abril me despertó. Me dijo que había demorado mucho en recuperarme y que tenía que retirarme, lo escuche entre sueños y pronto me encontré de pie a las afueras del hospital. Ella no quiso conversar nada y yo medio dormido medio despierto no podía comprender porqué me apuraba para que saliera pronto. Una media hora más tarde y un poco más despierto me di cuenta que en la carretera que va a Lima había ocurrido un accidente en el que salieron muchos heridos. Veía llegar muchas personas con cortes y algunos desmayados también. Me acerqué a ver cómo estaba aquella sala en la que pasé la noche y observé que habían muchas personas que eran atendidas en sillas y otras que compartían alguna camilla pues no se daban a abasto. Abril me observaba en cruces de miradas que yo esquivaba y otra vez la buscaba. Su preparación le permitía otorgar calma a los atendidos, les atendía con lo que tenía a la mano y muy eficientemente. Supuse que sería una muy buena profesional. Metí la mano en mi bolsillo y encontré aquel mensaje que dejó en mi buró la noche anterior. En medio de la desesperación en la entrada del hospital, yo sentía una extraña calma. En el papel decía: Tus cosas están a salvo, Rodrigo. Abril. Aquella voz que había escuchado hace dos días repetía la frase del papel en lo profundo de mi fuero interno. Ella pronunciaba mi nombre en mi memoria. Eso me parecía genial. La miraba de nuevo a través de la ventana y ella, muy acomedida en su labor, ayudaba a suturar una herida a una señora que llevaba un vestido floreado y sombrero. Quise acercarme a agradecerle, pero no era el momento adecuado. Ella todavía estaría estresada con todos los accidentados por atender y más aún cuando sólo habían tres en enfermeras en el área. Llegué a la conclusión en que podría ayudar. Tal vez.

Mientras estaba pensando. Un señor me grito: ¡Oiga joven si no va a ayudar no estorbe! Me apuré a ayudarle a cargar una camilla más que traían no sé de donde. Ingresé de nuevo al ambiente dónde se encontraba Abril. Me miró por unos segundos y continuó limpiando la herida que ya estaba suturada. Le dijo algo a la señora y sonrió, sus cabellos recibieron una corriente de brisa y su rostro brillo con el sol ante mis ojos. Mientras tanto, intentaba no parecer estupefacto y ayudaba a las personas a descansar, a tomar agua y a mantener la calma en todos los pacientes. Unos me llamaban “joven”, otros “enfemero”, otros “amiguito”, otros “niño”. Siempre cada cual con una queja. Y en el fondo del recinto había un eco de lamentos y un grito cada vez más difícil de ser audible… ¡Enfermera!

Era aquel señor que llamaba a Juana, estaba teniendo un ataque, una crisis inexplicable. No mencionaba qué le dolía. Sólo gritaba y se retorcía, quería que el dolor se esfumara, se cogía la cabeza y se agitaba de dolor. Los doctores llegaron y se sorprendieron al ver tal cuadro, al parecer no sabían qué hacer. Llamaron a los técnicos que lo sujetaron y se observó al pobre hombre en una situación muy dolorosa, su rostro estaba exhausto, sus brazos buscaban su cabeza pero habían perdido movilidad por las correas que le pusieron para evitar que se siga moviendo tan bruscamente. Gritaba y llamaba ¡Enfermera!... no dijo Juana. Lo llevaron a otro recinto. Seguimos atendiendo a los accidentados, todos aún conmocionados con el evento reciente, algunos comentaban y contaban leyendas. La situación irradió un ambiente de confianza y temor, inexplicable en realidad, se sentía una atmósfera extraña. Unas horas más tarde las personas estaban todas en recuperación, ya atendidas con menor emergencia que cuando llegaron, algunas personas ya estaban durmiendo, algunas todavía adoloridas, otras aún contando las últimas leyendas pero como susurrando, y yo tenía el tiempo de conversar con Abril.

Me acerqué sigilosamente, sin ánimos de asustarla.

- Abril – le dije y ella giró su rostro para regalarme una mirada de miel, sospeché que me desvanecería de nuevo, pero no podría, no después de tantas emociones durante el día – Qué intenso tu trabajo ¿eh?
- Bueno, no fue un día particular tampoco.
- Oye, gracias.
- De nada – Su voz tenía un eco especial cuando lo escuchaba, me sentía su paciente siendo calmado y sosegado con su voz, listo para tomar cualquier medicina que me diera.
- Bueno, todavía es mediodía. ¿Te gustaría comer?
- Espérame un momento ¿sí? – Me parecía que estaba siempre con una respuesta diseñada para mi pregunta, sentía que no podía sorprenderla, al menos por ahora que no la conocía mucho.
Visitó a cada paciente como saludando y como observando su estado, se dio cuenta de su condición y se acercó a una de las enfermeras que también estaban en el turno, le dijo algo al oído, su amiga volteó y me miró luego se rieron juntas y le abrazó. Abril se acercó.

- Tengo quince minutos – dijo y salió caminando rápido. Le seguí.

Habíamos llegado al puerto, Rodrigo con sus manos blancas enlazaba con rapidez el anzuelo y el nylon, luego le ponía la carnada y ajustaba el plomo para que se pueda realizar una buena pesca. Me dio mi anzuelo, ya listo para lanzar al mar y preparó el suyo. Luego me enseñó la técnica para pescar mientras yo sentía que era torpe en mis movimientos y medía mis pasos en el muelle pues sentía que de un momento a otro las tablas que me sostenía cederían y caería al mar. Sus ojos se llenaron de recuerdo juvenil, lozano y enérgico mientras continuaba con su historia y mirábamos el horizonte del mar de una forma particular, desde el inicio de la orilla continuando el litoral hasta perder de vista el último pedazo de playa, mirábamos el mar de costado no de frente como los demás mortales en la playa. El romper de las olas nos dejaba una música única que nos relajaba y permitía a Rodrigo ser más detallado mientras me narraba su vida y me mantenía lúcido por si sentía algún tirón en la línea de pescar. Miraba la orilla con ánimo de entender porqué me quedaba en ese momento escuchándole al delgado anciano de barba poblada y blanca que me hablaba entre sonrisas de nostalgia y vislumbres de pasado.