24.5.12

Abril - Francisco Giménez (Cap. 15)


Al llegar al trabajo todo el día se hizo llevadero. No había mucho quehacer sólo verificar que los gastos de construcción se estén llevando de forma regular y planificar el envío de los equipos para las oficinas y consultorios. El centro estaría destinado a ayudar a personas con enfermedades crónicas en un pabellón y mentales en otro. Pronto, el día terminó y en el camino de regreso a casa, repasaba la conversación con Abril que tuvimos en la mañana. Me dijo “mi amor” ¿Yo también debería decirle lo mismo? Creo que si.

Aún quedaban interrogantes que no me atreví a preguntarle en la mañana: ¿Quién era el señor con el que estaba conversando Abril?¿Por qué me pareció haberlo visto antes?¿A qué otra persona conoce Abril, además de su tío?¿Por qué no me dijo quién era?

Al día siguiente llevé unas maletas con mis libros de contabilidad y administración, algunas fotos familiares y el recuerdo de Abril vívido en mi memoria. La jornada una vez más se acabó pronto, sin mayores esfuerzos que seguir revisando números. Al regresar, decidí pasar un momento por la biblioteca. Me encontré con el señor Valdivieso.

- Señor, buenas noches ¿Estará Abril?
- Rodrigo, pensé que estaba contigo. No ha regresado del trabajo ¿Dónde puede estar?
- Iré a buscarla.

Salí corriendo ¿A dónde podría ir? Al hospital primero. Me informaron que ya había salido ¿Qué otros lugares conocía? Puerto Pimentel. Mis piernas me llevaron rápidamente hasta allá. No podía creer que no estaba cansado, iba muy rápido, aún así, no me fatigaba. Al llegar. Fui al Puerto. No era bueno que una señorita esté sola en el puerto a esas horas de la tarde. Empecé a buscarla. Seguramente iba a resaltar por su forma de vestirse ya que mayormente quienes caminaban  a esas horas eran varones con sus esposas, cuyas vestimentas eran oscuras. A Abril le gustaba vestir de beige, de marrón y a veces de rosado o vestidos floreados. Tenía que encontrarle. Divisé su sombra conversando con el mismo hombre del hospital. Me acerqué. Esta vez nadie me detendría. No haría caso a nadie.
- Buenas tardes. Mi nombre es Rodrígo, novio de Abril ¿Con quién tengo el gusto? – Abril se sorprendió de escuchar mi voz. El señor, agachó la cabeza e intentó huir. Lo tomé del brazo.
- No me reconoces, sobrino. Soy Francisco Giménez, padre de Abril. – Mi cuerpo quedó helado. No podía creer lo que escuchaba, era mentira, tenía que ser una mentira. El río Francisco era padre de Abril. Aquel padre malo que la dejó abandonada a ella, su madre y hermano. Qué hubiera pensado tía Sósima.
- ¡Perdón! ¿Tío Francisco? ¿Tú?
- Rodrigo, tranquilízate. Te explicaré cuando regresemos a la biblioteca. – replicó Abril.
- Debes no reconocerme por mis arrugas y mis canas. He estado en situaciones muy difíciles, sobrino. Qué bueno que los encuentro a ambos. Sé que me pueden ayudar. Necesito conversar con tu papá, con tu mamá. Decirles lo que pasó con Juan y porqué dejó de comunicarse.
- Están todos bien. Pronto te avisaré para que les visites.

Mis ojos no podía ocultar mi enojo, tampoco mi necesidad de venganza, aunque me daba cierta alegría volver a verlo, así como tristeza encontrarlo tan desfigurado, cansado, triste, sólo. De regreso a la biblioteca, Abril me comentó que lo había vuelto a encontrar hacía unos dos años cuando regresó por su pueblo a unas cuatro horas de Trujillo. Estaba muy demacrado, borracho y sin ánimos de vivir. Solía decir que había faltado a su palabra, que había perdido un hermano por su culpa. Así que le ayudó. Le buscó un lugar dónde vivir y le permitió ver y recomponer su vida familiar con su madre, sin embargo aún desconfiaba de él.

Un día, intentó pegarle nuevamente a su madre y fue entonces cuando los guardias llegaron a tiempo y se lo llevaron preso. Abril tuvo la oportunidad de venir a estudiar a Chiclayo aunque siempre que puede intenta mantenerse comunicada con su familia. De vez en cuando llama por locutorio a su mamá para saber que está bien. Le contó que yo existo y que soy su novio. Eso me animó a pensar que algún día la conocería y a se pequeño hermano también. Me contó que hacía unos días que su padre había salido libre y que le estaba buscando para que le ayude, sin embargo no quería que le ayude a vivir en Chiclayo, sino regresar a su pueblo. Abril se negaba a permitirle regresar e insistía en que hiciera su vida en Chiclayo, pero Francisco se negaba,

- ¿Por qué le ayudas? – le pregunté
- A pesar del daño que nos hizo, el es mi padre y creo que debo perdonarlo.
- Pero si les hace mucho daño.
- Si, pero alimentar la venganza no hace bien a nadie, el rencor carcome la razón, convierte al individuo en la misma persona que odia.
- Pero tu padre tiene que pagar por todo lo que ha hecho, y otras cosas más que no sabes cuánto daño hizo a otras personas. Incluso a nuestra familia.

Empecé a contarle sobre lo que pasó con mi hermano y la familia Céspedes y las razones por las cuáles Francisco Giménez llegó a su pueblo huyendo de la justicia.

- ¿No te parece que él mismo al decidir su huída sufrió lo que debía de sufrir? – Me respondió.
- Creo que tal vez sí, pero los perjuicios aún quedan y no han sido subsanados.
- Si, tal vez. Por eso debe quedarse a vivir acá en Chiclayo, custodiado por la policía si fuera posible, para que no haga más daño a nadie.
- Si, pero no sé si sería mejor que lo arresten. Eso lo decidirá un juez.

Sólo espero que después de tanto dolor, odio y rencor, logre encontrar paz en su corazón.

Esa noche nos despedimos silentes, lentos, pensativos. Un beso pequeño, un beso que contaba un mañana.

22.5.12

Abril - Algo mejor (Cap. 14)


Sabía que vendría, pero no tan rápido. Empecé a enamorar con Abril, el trabajo en la clínica se hizo posible, claro, en una sucursal para empezar y no estaba nada mal, sorpresivamente ya tenía un lugar donde vivir sólo y pronto, si las ganancias subían iba a poder comprar un terreno en el centro de Chiclayo para establecer la empresa De la Torre Martinez y seguir creciendo.

Mientras pensaba en cómo sería mi vida de ese momento en adelante, las ideas se me cruzaban con cómo iba a avisarle a Abril que no llegaría a recogerle el día siguiente, podría llamarle al hospital, pero no sería lo más adecuado pues los trabajadores pocas veces reciben un recado de parte de algún familiar a no ser que sea de emergencia, puesto que precisamente ese teléfono es para emergencias. Pensando en aquello después de unas horas me quedé dormido por unos minutos.

Desperté sobresaltado encontrándome con el rostro de la luna directo por la ventana. Me dije a mi mismo, buscaré a Abril temprano y luego iré a Ferreñafe, a la Clínica de Rehabilitación. Aún así no pude dormir. Las luces de la calle, el sonido del viento en los árboles, las historias que me contaba la luna me impedían quedarme dormido. Así fue durante las siguientes horas, hasta que la noche se hizo muy oscura, fue entonces cuando me quedé dormido, Lamentablemente ya faltaba poco para amanecer.

En la mañana, la puerta de mi cuarto parecía caerse. Mi padre tocaba la puerta desesperadamente. Me acerqué a la manija con el sueño en los hombros.
- ¿Sï?
- ¡Levántate haragán! Sólo porque eres el hermano del yerno del jefe no significa que puedas darte la licencia de llegar tarde al trabajo, nada justifica una tardanza.
- Está bien. Ya me cambio.

Me cambié y puse el traje de trabajo: ropa interior, bivirí, pantalones, camisa, corbata, saco y maleta con hojas de cálculo. Salí veloz de casa después del desayuno.

- ¿No vas a llevar tus cosas para tu nueva casa? – Me detuvo mi madre a media huida.
- Este, bueno… Si, más tarde con mayor tiempo, aún me falta preparar algunos detalles y ver cómo es el lugar dónde me voy a quedar.
- Adiós hijo.
- Chau.

Primero, debería pasar por el hospital. No había otra forma más veloz próxima que ir corriendo. Empecé. Sentía que el viento me despeinaba y nada podía hacer para mantenerlo bien peinado pues si demoraba un poco no llegaría a tiempo. Corrí mientras el viento y el sol me acompañaban. Llegué a la puerta del hospital y entré. Cansado, muy cansado. Me encontré con Josefina. Le dije:

- Hola Josefina ¿Has visto a Abril?
- Si, está en el cafetín conversando con un Señor.
- ¿Ah? Bueno, gracias.

Me acerqué al cafetín y reconocí el perfil de Abril que tomaba una taza de café, a su lado un señor que me pareció haberlo visto antes. Pronto, él se percató de mi presencia y se despidió de Abril. Me conocía. Caminé directo hacia donde estaban ellos sin perderlos de vista.

- ¡Rodrigo! Qué milagro que te encuentro por acá – Una voz familiar me llamó. Era el Doctor Céspedes.
- Buenos días Doctor ¿Cómo ha estado?
- Bien, saludando a algunos colegas por acá, ¿Y tú, no deberías estar en camino a Ferreñafe?
- Eh, bueno, si, pero vine un momento a visitar a una amiga, acá en el hospital.
- ¡Oh! Ya veo. Debe ser tu amiga, la morenita, la vez pasada los vi en Puerto Pimentel, se ven muy bien juntos ¿Eh?
- Ejem, bueno… si. Gracias por el cumplido. Bueno, permiso.
- Adelante hijo.

En esa pequeña conversación los perdí de vista y el extraño señor se fue. Abril se dirigía hacia mi y me saludó muy amablemente.

- Hola, mi amor. - ¡Qué! Me dijo “mi amor”, mmm, y ahora qué le respondo.
- Hola, Abrilcita ¿Cómo has estado? ¿Tu tío te dijo algo ayer?
- Je, je, je – rió y sonrió – No mucho. Me preguntó si te había visto salir y le dije que si.
- Ja, ja, ja… No se lo esperaba. ¡Oh! Por cierto, vine temprano para avisarte que mi hermano me contrató para la clínica de su suegro el Doctor Céspedes. El problema que estaré en una sucursal en Ferreñafe y ya no podré recogerte hoy en la tarde.
- Oh… No hay problema, amor. Espero que nos podamos ver mañana un momento, ya que salgo un poco más tarde y me imagino que regresarás mas o menos a esa hora.
- Claro. Aunque me mudaré en estos días por allá puesto que hay un lugar donde residirán los trabajadores.
- Me alegro. Entonces nos vemos mañana.
- Si, por supuesto.