Al llegar al trabajo todo el día se hizo
llevadero. No había mucho quehacer sólo verificar que los gastos de construcción
se estén llevando de forma regular y planificar el envío de los equipos para
las oficinas y consultorios. El centro estaría destinado a ayudar a personas
con enfermedades crónicas en un pabellón y mentales en otro. Pronto, el día
terminó y en el camino de regreso a casa, repasaba la conversación con Abril
que tuvimos en la mañana. Me dijo “mi amor” ¿Yo también debería decirle lo
mismo? Creo que si.
Aún quedaban interrogantes que no me
atreví a preguntarle en la mañana: ¿Quién era el señor con el que estaba
conversando Abril?¿Por qué me pareció haberlo visto antes?¿A qué otra persona
conoce Abril, además de su tío?¿Por qué no me dijo quién era?
Al día siguiente llevé unas maletas con
mis libros de contabilidad y administración, algunas fotos familiares y el
recuerdo de Abril vívido en mi memoria. La jornada una vez más se acabó pronto,
sin mayores esfuerzos que seguir revisando números. Al regresar, decidí pasar
un momento por la biblioteca. Me encontré con el señor Valdivieso.
- Señor, buenas noches ¿Estará Abril?
- Rodrigo, pensé que estaba contigo. No ha regresado
del trabajo ¿Dónde puede estar?
- Iré a buscarla.
Salí corriendo ¿A dónde podría ir? Al
hospital primero. Me informaron que ya había salido ¿Qué otros lugares conocía?
Puerto Pimentel. Mis piernas me llevaron rápidamente hasta allá. No podía creer
que no estaba cansado, iba muy rápido, aún así, no me fatigaba. Al llegar. Fui
al Puerto. No era bueno que una señorita esté sola en el puerto a esas horas de
la tarde. Empecé a buscarla. Seguramente iba a resaltar por su forma de
vestirse ya que mayormente quienes caminaban
a esas horas eran varones con sus esposas, cuyas vestimentas eran
oscuras. A Abril le gustaba vestir de beige, de marrón y a veces de rosado o
vestidos floreados. Tenía que encontrarle. Divisé su sombra conversando con el
mismo hombre del hospital. Me acerqué. Esta vez nadie me detendría. No haría
caso a nadie.
- Buenas tardes. Mi nombre es Rodrígo, novio de Abril
¿Con quién tengo el gusto? – Abril se sorprendió de escuchar mi voz. El señor,
agachó la cabeza e intentó huir. Lo tomé del brazo.
- No me reconoces, sobrino. Soy Francisco Giménez,
padre de Abril. – Mi cuerpo quedó helado. No podía creer lo que escuchaba, era
mentira, tenía que ser una mentira. El río Francisco era padre de Abril. Aquel
padre malo que la dejó abandonada a ella, su madre y hermano. Qué hubiera
pensado tía Sósima.
- ¡Perdón! ¿Tío Francisco? ¿Tú?
- Rodrigo, tranquilízate. Te explicaré cuando
regresemos a la biblioteca. – replicó Abril.
- Debes no reconocerme por mis arrugas y mis canas.
He estado en situaciones muy difíciles, sobrino. Qué bueno que los encuentro a
ambos. Sé que me pueden ayudar. Necesito conversar con tu papá, con tu mamá.
Decirles lo que pasó con Juan y porqué dejó de comunicarse.
- Están todos bien. Pronto te avisaré para que les
visites.
Mis ojos no podía ocultar mi enojo,
tampoco mi necesidad de venganza, aunque me daba cierta alegría volver a verlo,
así como tristeza encontrarlo tan desfigurado, cansado, triste, sólo. De
regreso a la biblioteca, Abril me comentó que lo había vuelto a encontrar hacía
unos dos años cuando regresó por su pueblo a unas cuatro horas de Trujillo.
Estaba muy demacrado, borracho y sin ánimos de vivir. Solía decir que había
faltado a su palabra, que había perdido un hermano por su culpa. Así que le
ayudó. Le buscó un lugar dónde vivir y le permitió ver y recomponer su vida
familiar con su madre, sin embargo aún desconfiaba de él.
Un día, intentó pegarle nuevamente a su
madre y fue entonces cuando los guardias llegaron a tiempo y se lo llevaron
preso. Abril tuvo la oportunidad de venir a estudiar a Chiclayo aunque siempre
que puede intenta mantenerse comunicada con su familia. De vez en cuando llama
por locutorio a su mamá para saber que está bien. Le contó que yo existo y que
soy su novio. Eso me animó a pensar que algún día la conocería y a se pequeño
hermano también. Me contó que hacía unos días que su padre había salido libre y
que le estaba buscando para que le ayude, sin embargo no quería que le ayude a
vivir en Chiclayo, sino regresar a su pueblo. Abril se negaba a permitirle
regresar e insistía en que hiciera su vida en Chiclayo, pero Francisco se
negaba,
- ¿Por qué le ayudas? – le pregunté
- A pesar del daño que nos hizo, el es mi padre y
creo que debo perdonarlo.
- Pero si les hace mucho daño.
- Si, pero alimentar la venganza no hace bien a
nadie, el rencor carcome la razón, convierte al individuo en la misma persona
que odia.
- Pero tu padre tiene que pagar por todo lo que ha
hecho, y otras cosas más que no sabes cuánto daño hizo a otras personas.
Incluso a nuestra familia.
Empecé a contarle sobre lo que pasó con
mi hermano y la familia Céspedes y las razones por las cuáles Francisco Giménez
llegó a su pueblo huyendo de la justicia.
- ¿No te parece que él mismo al decidir su huída
sufrió lo que debía de sufrir? – Me respondió.
- Creo que tal vez sí, pero los perjuicios aún quedan
y no han sido subsanados.
- Si, tal vez. Por eso debe quedarse a vivir acá en
Chiclayo, custodiado por la policía si fuera posible, para que no haga más daño
a nadie.
- Si, pero no sé si sería mejor que lo arresten. Eso
lo decidirá un juez.
Sólo espero que después de tanto dolor,
odio y rencor, logre encontrar paz en su corazón.
Esa noche nos despedimos silentes,
lentos, pensativos. Un beso pequeño, un beso que contaba un mañana.
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