28.5.12

Abril - Lima (Cap. 10)


Ciudad de Reyes, Capital del Perú. Una creciente población con sueños de sobresalir. Lima, estaba en crecimiento y como faltaba mucho por hacer, lo se hacía era útil. Lima con su sol de invierno, cielo celeste y árboles en zonas importantes, como plazas y en las laderas del Rimac, el Río Hablador, jamás calla aunque por en estos nuevos días su voz ya se escucha cada día más lejana. Ahí ocurrió que mi hermano se casó con una dama de buen nombre, de conducta intachable y asimismo sincera y cuyos derechos siempre hacía valer. Elizabeth, la señorita que al lado de su padre el Doctor Céspedes, un altruista médico, lo apoyaba en el comunicado a la prensa sobre el secuestro de mi hermano.

Como por arte de magia toda la población que conocía y respetaba al Doctor Céspedes, empezó a apoyar la búsqueda de Francisco Giménez en todo Lima. Lo buscaron por la Alameda de Chabuca Granda, por el viejo callejón de un solo caño de Felipe Pinglo, por cada rincón de las pequeñas calles del centro desde la Plaza de Armas hasta su extensión final. Nada. Un fantasma dijeron todos.

Cuando las fuerzas de búsqueda empezaron a escasear y los rumores de un fraude o promoción de su clínica empezaron a difundirse de boca en boca. Y como sabemos los rumores, el escarnio, se propagan más rápido que los mensajes de apoyo y bondad más temprano que tarde las familias de Lima empezaron a olvidar la comisión y el deseo de ayudar a la familia Céspedes. Por el contrario, los empezaron a odiar como si hubieran sido víctimas de sus mentiras, mentiras que por inferencia maliciosa supusieron que había sucedido.

Nada haría confirmas las sospechas de la población que un mensaje secreto a la policía que les informaba que el cuerpo de un joven de 24 años estaba escondido en el cuarto de huéspedes de los Céspedes, el mismo joven que dijeron se había perdido. En efecto, la policía fue diligentemente hacía caso al mensaje sin autor y sorprendió a la familia.

- Buenos días señor Céspedes. Hemos venido con una orden del juez para que nos deje pasar a revisar en su hogar si tiene al joven Juan De la torre, escondido en su casa.
- ¿Ah? No, esto es inaudito, señores. Cómo pueden pensar eso de mí, yo me siento igual de preocupado por el paradero de ese joven pero no entiendo porqué asumen que yo soy el culpable si yo fui quien denunció.
- Lo siento señor, yo le creo. Pero el juez tiene sus dudas, sobretodo porque dicen por ahí que sólo es una promoción para su clínica.
- ¡Oh vaya! Ahora el juez basa sus fallos en función a lo que dice la gente. Pero está bien, para que se desengañen de esas patrañas pasen y verifiquen cada rincón.
- Muchas gracias, doctor.

Los policías fueron directamente al dormitorio de huéspedes y sin dilatar más el tiempo encontraron a Juan, mi hermano, maniatado y con un parque sobre su boca, delirando frases incoherentes y más delgado que la última vez que lo vieron en el hospital. Los Céspedes se quedaron atónitos al ver el cuadro tan difícil de entender o explicar. Esa estupefacción les costó el dolor de perder el prestigio de la población y por consiguiente la clínica perdió clientes, sólo iban los que conocían fielmente en la familia pues los conocieron cercanamente, sin embargo, no alcanzaba dinero para sostener el nosocomio.

Mientras me contaba esto, Rodrigo, apretaba su puño a su rodilla y sufría al recordar. Odiaba a Francisco Gimenez y me imagino que si lo hubiera tenido al frente le hubiera pegado con ira incesable sólo supo que Francisco Gímenez desapareció de Lima y alrededores, y su esposa, tía Sósima, lloró su despedida hasta que quedó sorda y muda. Mientras regresábamos de Lambayeque a Chiclayo, mientras veíamos las casas pasar al lado del camino, él seguía desbordando su historia, la de él y la de su hermano.

Juan, fue enviado a un hospital estatal. Elizabeth lo iba a visitar de incógnito. Conversaba con él, su cuerpo delgado y sus frases de delirio eran sus respuestas hondas, dolorosas a las frases de esperanza que le daba Elizabeth. Durante sus meses de recuperación, Elizabeth se mantuvo ocupada en cuidar de Juan por las tardes dado que en las mañanas terminaba de cursar el último año de media. Era muy madura para su edad. Juan, poco a poco tenía momentos  de lucidez y en aquellos momentos miraba el cielo a través de la ventana. No lo podía creer, estaba a salvo.

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