Al regresar a casa, me encontré con un
cuadro inesperado. Juan, Elizabeth, mi padre, mi madre y el Doctor Céspedes me
esperaban.
- Rodrigo ¿Dónde has estado? – Mi padre me traspasó
con su mirada.
- Bueno, al regresar del trabajo fui un momento a
caminar por Puerto Pimentel. Tengo que contarles que tengo una amiga, que deseo
que sea mi pareja, fui a encontrarme con ella.
- ¡Silencio! Mentiroso – Me dijo tajante el Doctor
Céspedes – Tú al igual que esa chica, son cómplices en encubrir a un
delincuente. Y encima quieres mentirle a tus padres que tienes buenas
intenciones. Acabamos de encontrar a Francisco Giménez. Ya se lo llevaron
arrestado y jamás saldrá de prisión. Ahora están buscando a Abril Valdivieso y
a ti por cómplices al encubrirlo en Trujillo. Les tomaron fotos hoy en la tarde
conversando en Puerto Pimentel – Juan me mostró las fotos. Mi familia entera me
miró sorprendida. Era la prueba aparentemente fehaciente que yo era parte de
los culpables. Un ambicioso joven que parecía no tener ambiciones de futuro,
solitario y soñador, encajaba exacto con el perfil de un cómplice que sería
manipulado por su novia.
- Hijo – Se me acercó mi madre – Dime que no es
verdad.
- Por supuesto que no, madre.
- Rodrigo, no te dejes manipular por esa tal Abril –
en tono de consejo me dijo Elizabeth.
- No me estoy dejando manipular. La verdad es que
Abril también es víctima de Francisco Giménez.
- Entonces porqué no lo denunció a la guardia civil,
en cambio decidió ocultarlo por casi tres años.
En medio de la discusión acalorada
ocurrió un temblor. Todos nos callamos. Paralizados. Mi padre llamó a la calma.
Elizabeth se aferró a su padre. Mi madre buscó a su hijo mayor y yo. Salí
corriendo hacia la biblioteca. El temblor duró unos tres o cuatro segundos que
parecían eternos. Era un 31 de enero de 1951, el epicentro fue en Lima y la
magnitud del terremoto fue de siete grados en la escala de Ritcher. Sabía que
eso significaría que me importaba más Abril que mi familia. Sabía que me iban a
increpar las razones por las que me estaba, aparentemente huyendo. Igual, con
todo eso, me fui.
Las ventanas altas del edificio me daban
saludaban cuando daba vuelta a la esquina. Toqué la puerta. Salió el señor
Valdivieso. Me dejó pasar. Les conté todo cuanto había sucedido en mi casa.
Abril, se asustó más de lo que ya estaba por el temblor. Esa noche me hicieron
un espacio entre los pabellones de libros para dormir. El frío ingresaba por
aquellos ventanales y yo recordaba todo lo que mi familia había hecho conmigo.
Así también las palabras de Abril, “alimentar la venganza no hace bien a nadie,
el rencor carcome la razón, convierte al individuo en la misma persona que
odia.”
Tal vez eso pudo haber sucedido con el
Doctor Céspedes, escondiéndose tras su elegancia, se estaba convirtiendo en
otro Francisco Giménez y eso lo había convertido en un hombre desconfiado, un
virus emocional que había infectado a mi hermano y su esposa, y no faltaba
mucho para mis padres. Abril tenía razón, el doctor Céspedes no era el mismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario