Al día siguiente, los pajarillos cantaban
y su trino se escuchaba a través de los ventanales. Ese día era el punto de
quiebre en nuestras historias, de mi familia, de la familia de Abril y de la
familia de mi hermano. Los guardias no tardarían en llegar a la biblioteca. Le
avisé al señor Valdivieso que dijera que no sabía qué habíamos hecho, que así
no lo tendrían como sospechoso para que siga trabajando. Abril, intentaría
explicarles toda la verdad, asumo que no podría convencerle de lo contrario.
Por mi parte intentaría averiguar qué estaba sucediendo con ambos, para
ayudarle a escapar a Abril o seguir con al versión verdadera.
Sin embargo, el día no tuvo nada de
energético ni de acción. Jamás llegaron los guardias, pero sí las ondas de
radio. En ellas se anunció del terremoto que sacudió Lima y del cual, hasta ese
entonces, no sabíamos aún cuáles habían sido las consecuencias. El locutor
anunciaba que había habido muchos estragos en muchas partes del país y en
especial hacia el norte. Abril, mantuvo la calma. Los corresponsales de
Anchash, Trujillo, Chiclayo, Piura, Tumbes, se estarían comunicando vía
telefónica para informar. Teníamos que esperar.
El corresponsal de Piura fue el primero,
informó que había habido algunos derrumbes de algunas casas de adobes, unos
cuatro heridos que eran atendidos en el centro médico. Luego llamó el
corresponsal de Trujillo, anunciando que algunas comunidades alejadas de Trujillo
habían quedado anegadas y otras con derrumbes, en Trujillo mismo hubieron
maretazos y el derrumbe de algunas casonas en el centro. Fue, cuando Abril se
preocupó, mucho, empezó a rogar que no haya pasado nada con su madre ni con su
hermano. No era suficiente su llanto. Nos dijo que tenía que ir, que tenía que
ver si estaban bien.
El señor Valdivieso accedió. Abril me
miró, me estaba pidiendo permiso pues sentía que el compromiso conmigo era el
mismo que con su familia. Recordé las palabras duras del Doctor Céspedes y de
cómo debería haber estado infectando a mi familia con su rencor. Y accedí a que
fuera, aún más, decidí ir con Abril hasta Trujillo.
- Rodrigo ¿No crees que van a pensar que están
huyendo?
- Tal vez, señor, pero tampoco creo que me vayan a
recibir con los brazos abiertos ahora que sienten traicionados.
- Creo que puede ser una buena oportunidad para
acompañar a Abril y conocer a su familia.
- Bueno muchacho, es tu decisión.
Salimos con la maleta de Abril y yo con
lo que llevaba puesto. Fuimos a comprar el pasaje a Trujillo. En la terminal
nos miraron sospechosamente, aún así nos vendieron los boletos. Salimos raudos
a tomar el bus. Al sentarnos nos sentimos a salvo, libres, con ánimos de
conocer nuevos lugares. Y el viaje empezó. La salida de Chiclayo por la
reciente Panamericana Norte era espectacular, con el sol radiante y el reflejo
del mar a lo lejos. Siguiendo el camino nos encontrábamos con ciudades como
Monsefú, Zaña, Guadalupe, entre otras. Ya habiendo pasado Guadalupe detuvieron el
carro. Subieron unos policías y nos pidieron nuestra identificación. Revisé mis
pertenencias y no traía conmigo mi libreta militar, ni mi libreta electoral.
Sabía entonces que estaba en problemas. Me detuvieron, me llevaron al jefe y me
preguntaron si conocía a un tal Vecino. Le respondí que no. Que no sabía de él.
Obviamente no me iban a creer y me llevaron al calabozo. Abril vio desde la
ventana cómo me arrestaban. Lloró mucho. Sin embargo, le dije que no dijera que me conocía, que era
por el bien de su familia, que pronto intentaría ubicarla y que seríamos muy
felices.
Me llevaron a Chiclayo. Donde me encontré
con el Doctor Céspedes que me esperaba en el juzgado. Me miro y me dijo: No
creas que te has salvado sólo porque eres familia de mi yerno, ayudaste a una
familia de delincuentes y tendrás lo que te corresponde. Su serenidad me
asombraba. Esa tarde y hasta la noche me hicieron miles de preguntas, pero
decidí guardar silencio, para no entrar en contradicciones. Sólo deseaba
profundamente en mi corazón que Abril se haya encontrado con su madre y
hermano, después de eso no pensaba más.
El día de mi juicio llegó. El juez entro
sosegado como si fuera mera rutina. Me miro. Sonrió como diciéndome todo va a
estar bien.
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