La historia que siguió, fue que Juan se
recuperó y se hizo muy amigo de Elizabeth. La familia Céspedes compartió con él
un dormitorio en su casa, la última casa que les quedaba, una mediana. Uno de
los amigos del Doctor Céspedes le ofreció laborar en su clínica que con el
tiempo fueron mejorando. Lima olvidó el incidente trágico después de unos tres
años. Con la ayuda de Juan en la economía, la empresa fue incrementando sus
ganancias y pronto todo regresó a la normalidad. Elizabeth empezó sus estudios
en Nutrición y Juan terminó su carrera. Luego se casaron en una ceremonia
privada, dado que los medios hubieran despertado los rumores del supuesto secuestro
de mi hermano. Juan nos contó esa experiencia esa tarde. Y todo cuánto había
acontecido era corroborado y aclarado por Elizabeth.
Al terminar, me dieron ganas de salir a
caminar, ir al malecón frente a Pimentel donde había paseado la última vez con
Abril. La extrañaba. Quería decirle que no podíamos perder más tiempo dilatando
nuestra relación antes que a alguno de nosotros nos sucediera algo irreversible,
que tenía la autorización de su tío y que haría lo imposible por ser felices.
Fui a la playa.
Observar el cielo celeste, ver las olas
nacer y llegar a la orilla, esperar que llegue a picar un pez el anzuelo me
traía mucha paz, me dejaba pensar y planificar mi futuro. Me parecía sorpresivo
estar pensando en ello cuando hacía un mes mi vida era un caos de estudio y
poca comunicación con mi familia. Ahora todo estaba encaminándose hacia algo
mejor.
Dos días después de pescar. Fui a la
biblioteca. Preparado con el traje más elegante que conseguí y un ramo de
flores me acerqué a las escaleras de aquel imponente edificio. Me acerqué.
- Buenos días Señor Valdivieso – Sentí que los de
gafas grandes empezaban a hablar a mis espaldas y mis orejas empezaban a
quemar.
- Hola Rodrigo ¿Cómo has estado?
- Bien señor. ¿Se encontrará Abril?
- ¡Oh! Ya veo, necesitas conversar con ella de algo
muy importante. Pero en este momento no está acá. Está en el trabajo. Creo que
puedes ir a encontrarla allá.
- Muchas gracias, señor. Hasta luego.
- ¡Hey! Rodrigo.
- ¿Sí?
- No te olvides del trato.
- Esta bien, señor. En cuanto salga del trabajo
venimos para acá.
Era el camino que había elegido.
Galantear a Abril. Buscarla, insistir, conversar, no olvidar los detalles, traerle
presentes y no olvidar las fechas importantes. Necesitaba energía, necesitaba
estar atento, necesitaba una dinamo para mi voluntad. Creo que las relaciones
entregan energía y en cada miembro se renuevan a cada instante, claro, en las
buenas relaciones. Una mirada, una sonrisa animan a la pareja a sonreír y a
entregar miradas de amor sincero.
Fui a visitarle al hospital. Sus ventanas
grandes inconfundibles, el jardín con un nogal al centro que servía de sombra
para los pacientes familiares de los enfermos. En el fondo la gruta de siempre
con Santa María cada vez más brillante. Entré a la sección de Emergencias. Vi
las manos de Abril atendiendo a una señora con dolores de cabeza. Vi su rostro
lozano, su piel canela, sus ojos profundos, sus cejas delineadas que resaltaban
su mirada, vi su pequeño mechón de cabello que caía sobre su rostro y sus
orejas delicadas, únicas irrepetibles. La amé. Había encontrado mi dinamo.

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