- Después de mucho tiempo recuerdo cómo me sentí
aquel día que el juez me pidió dar mi última declaración. – Me dijo Rodrigo con
sus ojos achinados como sonriendo. – Le agradecí por la oportunidad y empecé a
decir:
Abril, mi amiga Abril me enseño que alimentar la
venganza hace mucho daño. Que el rencor te convierte en la persona que más
odias. No hace mucho no comprendía su argumento. Pero ahora lo entiendo. Señor
Céspedes ¿Por qué me agravia aduciendo que soy cómplice de un hecho que ocurrió
ya hace más de tres años? Usted no conoce las implicancias de lo que ocurrió
aquella tarde en Puerto Pimentel cuando me encontré con Francisco Giménez.
Usted no sé tomo la molestia de escuchar, usted directamente acusó, y eso
cegado por el odio y el rencor que nació en usted cuando fue desprestigiado por
Francisco Giménez. En las imágenes se ve a mi amiga Abril tomándome del brazo
para que no golpee a Francisco Giménez. Eso porque yo quería tomar venganza con
mis propias manos, me estaba convirtiendo en un hombre con deseos de poder, de
dominio, de egoísmo e individualidad. Sin embargo, y a pesar que ese mismo señor
engaño, golpeó y abandonó a su madre, mi amiga Abril lo perdonó, porque
entendió cuánto sufría ese sujeto. No lo perdonó para que siga haciendo sus
fechorías, lo perdonó para no hacerse daño a ella misma alimentando el rencor
que había adquirido. Señor Juez, usted tiene en sus manos mi libertad por la
autoridad que le concedieron. Cuán fácil sería entregarle libertad a almas
presas del rencor si fuera como usted tiene la mía. Sin embargo más allá del
fallo, yo estaré feliz pues he aprendido a perdonar y ser libre del rencor.
Con eso fui condenado a tres años de
prisión por ser cómplice de un delincuente. Bruno ¿sabes? Hace unos dos años
fui a visitar a Abril al hospital. Estaba igual a como aquella vez que nos
despedimos a la salida de Guadalupe. Me acerqué a su recámara y estaba
escuchando a Los Panchos cantando Estrellita del Sur. Me acerqué y le dije:
- ¿Cómo estás?
- Mejor – me respondió
- Hace mucho que no nos veíamos.
- Si tienes razón, serán unos tres meses.
- Exacto. Tu memoria está muy lúcida.
- Es que sigo leyendo el libro de mi madre. – Señaló
aquel libro azul que le acompañó toda su vida.
- Ya veo.
- ¿Y cómo está tu familia?
- Oh, muy bien. Te extrañan mucho mis nietos.
- Oye, recuerda que son míos también.
- Está bien, te prestaré algunos no más.
- Ja, ja, ja,…
- ¿Recuerdas a mi hermano?
- Si
- Te manda saludos.
- Gracias. Dile que no se olvide de traer mazamorra
morada.
- Está bien le haré recordar.
- ¿Y cómo está Elizabeth?
- Me dice que está bien, que sigue disfrutando de la
playa. Hace mucho que no nos encontramos los cuatro para conversar, cuando
salgas de acá lo haremos.
- Si, de seguro que sí.
- Espero que tus padres nos estén viendo desde el
cielo, felices.
- Si, por supuesto. Recuerdo cuando les fui a
presentarte, se sorprendieron al conocerte tan jovial y amable que eras.
- Menuda sorpresa que se llevaron. Ya no era la mala
de la película en ese entonces.
- Por supuesto, pues después de que te encontraste
con mi padre, en la cárcel, él recapacitó y confesó todo cuánto había pasado
con nosotros. El doctor Céspedes intentó negarlo pero fue en vano. Luego
descubrieron que estaba muy conmocionado por las diferentes angustias de ese
entonces y finalmente decidió ir a terapia. Al parecer todo se empezó a
arreglar, aunque de todos modos hubieron dificultades para que me aceptaran y
se dieran cuenta que soy distinta.
- Abril, es muy bueno conversar contigo. Qué bueno
fue haberte encontrado.
El 12 de diciembre de 1998, Abril
Valdivieso murió en el hospital de Chiclayo, donde dedicó sus años de trabajo y
su vida a ayudar a los demás. Las últimas palabras que mencionó fueron: No lo
olvides.
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