31.5.12

Abril - Dínamo de la voluntad (Cap. 11)


La historia que siguió, fue que Juan se recuperó y se hizo muy amigo de Elizabeth. La familia Céspedes compartió con él un dormitorio en su casa, la última casa que les quedaba, una mediana. Uno de los amigos del Doctor Céspedes le ofreció laborar en su clínica que con el tiempo fueron mejorando. Lima olvidó el incidente trágico después de unos tres años. Con la ayuda de Juan en la economía, la empresa fue incrementando sus ganancias y pronto todo regresó a la normalidad. Elizabeth empezó sus estudios en Nutrición y Juan terminó su carrera. Luego se casaron en una ceremonia privada, dado que los medios hubieran despertado los rumores del supuesto secuestro de mi hermano. Juan nos contó esa experiencia esa tarde. Y todo cuánto había acontecido era corroborado y aclarado por Elizabeth.

Al terminar, me dieron ganas de salir a caminar, ir al malecón frente a Pimentel donde había paseado la última vez con Abril. La extrañaba. Quería decirle que no podíamos perder más tiempo dilatando nuestra relación antes que a alguno de nosotros nos sucediera algo irreversible, que tenía la autorización de su tío y que haría lo imposible por ser felices. Fui a la playa.

Observar el cielo celeste, ver las olas nacer y llegar a la orilla, esperar que llegue a picar un pez el anzuelo me traía mucha paz, me dejaba pensar y planificar mi futuro. Me parecía sorpresivo estar pensando en ello cuando hacía un mes mi vida era un caos de estudio y poca comunicación con mi familia. Ahora todo estaba encaminándose hacia algo mejor.

Dos días después de pescar. Fui a la biblioteca. Preparado con el traje más elegante que conseguí y un ramo de flores me acerqué a las escaleras de aquel imponente edificio. Me acerqué.

- Buenos días Señor Valdivieso – Sentí que los de gafas grandes empezaban a hablar a mis espaldas y mis orejas empezaban a quemar.
- Hola Rodrigo ¿Cómo has estado?
- Bien señor. ¿Se encontrará Abril?
- ¡Oh! Ya veo, necesitas conversar con ella de algo muy importante. Pero en este momento no está acá. Está en el trabajo. Creo que puedes ir a encontrarla allá.
- Muchas gracias, señor. Hasta luego.
- ¡Hey! Rodrigo.
- ¿Sí?
- No te olvides del trato.
- Esta bien, señor. En cuanto salga del trabajo venimos para acá.

Era el camino que había elegido. Galantear a Abril. Buscarla, insistir, conversar, no olvidar los detalles, traerle presentes y no olvidar las fechas importantes. Necesitaba energía, necesitaba estar atento, necesitaba una dinamo para mi voluntad. Creo que las relaciones entregan energía y en cada miembro se renuevan a cada instante, claro, en las buenas relaciones. Una mirada, una sonrisa animan a la pareja a sonreír y a entregar miradas de amor sincero.

Fui a visitarle al hospital. Sus ventanas grandes inconfundibles, el jardín con un nogal al centro que servía de sombra para los pacientes familiares de los enfermos. En el fondo la gruta de siempre con Santa María cada vez más brillante. Entré a la sección de Emergencias. Vi las manos de Abril atendiendo a una señora con dolores de cabeza. Vi su rostro lozano, su piel canela, sus ojos profundos, sus cejas delineadas que resaltaban su mirada, vi su pequeño mechón de cabello que caía sobre su rostro y sus orejas delicadas, únicas irrepetibles. La amé. Había encontrado mi dinamo.

Abril - Silencio (Cap. 17)


Al día siguiente, los pajarillos cantaban y su trino se escuchaba a través de los ventanales. Ese día era el punto de quiebre en nuestras historias, de mi familia, de la familia de Abril y de la familia de mi hermano. Los guardias no tardarían en llegar a la biblioteca. Le avisé al señor Valdivieso que dijera que no sabía qué habíamos hecho, que así no lo tendrían como sospechoso para que siga trabajando. Abril, intentaría explicarles toda la verdad, asumo que no podría convencerle de lo contrario. Por mi parte intentaría averiguar qué estaba sucediendo con ambos, para ayudarle a escapar a Abril o seguir con al versión verdadera.

Sin embargo, el día no tuvo nada de energético ni de acción. Jamás llegaron los guardias, pero sí las ondas de radio. En ellas se anunció del terremoto que sacudió Lima y del cual, hasta ese entonces, no sabíamos aún cuáles habían sido las consecuencias. El locutor anunciaba que había habido muchos estragos en muchas partes del país y en especial hacia el norte. Abril, mantuvo la calma. Los corresponsales de Anchash, Trujillo, Chiclayo, Piura, Tumbes, se estarían comunicando vía telefónica para informar. Teníamos que esperar.

El corresponsal de Piura fue el primero, informó que había habido algunos derrumbes de algunas casas de adobes, unos cuatro heridos que eran atendidos en el centro médico. Luego llamó el corresponsal de Trujillo, anunciando que algunas comunidades alejadas de Trujillo habían quedado anegadas y otras con derrumbes, en Trujillo mismo hubieron maretazos y el derrumbe de algunas casonas en el centro. Fue, cuando Abril se preocupó, mucho, empezó a rogar que no haya pasado nada con su madre ni con su hermano. No era suficiente su llanto. Nos dijo que tenía que ir, que tenía que ver si estaban bien.

El señor Valdivieso accedió. Abril me miró, me estaba pidiendo permiso pues sentía que el compromiso conmigo era el mismo que con su familia. Recordé las palabras duras del Doctor Céspedes y de cómo debería haber estado infectando a mi familia con su rencor. Y accedí a que fuera, aún más, decidí ir con Abril hasta Trujillo.

- Rodrigo ¿No crees que van a pensar que están huyendo?
- Tal vez, señor, pero tampoco creo que me vayan a recibir con los brazos abiertos ahora que sienten traicionados.
- Creo que puede ser una buena oportunidad para acompañar a Abril y conocer a su familia.
- Bueno muchacho, es tu decisión.

Salimos con la maleta de Abril y yo con lo que llevaba puesto. Fuimos a comprar el pasaje a Trujillo. En la terminal nos miraron sospechosamente, aún así nos vendieron los boletos. Salimos raudos a tomar el bus. Al sentarnos nos sentimos a salvo, libres, con ánimos de conocer nuevos lugares. Y el viaje empezó. La salida de Chiclayo por la reciente Panamericana Norte era espectacular, con el sol radiante y el reflejo del mar a lo lejos. Siguiendo el camino nos encontrábamos con ciudades como Monsefú, Zaña, Guadalupe, entre otras. Ya habiendo pasado Guadalupe detuvieron el carro. Subieron unos policías y nos pidieron nuestra identificación. Revisé mis pertenencias y no traía conmigo mi libreta militar, ni mi libreta electoral. Sabía entonces que estaba en problemas. Me detuvieron, me llevaron al jefe y me preguntaron si conocía a un tal Vecino. Le respondí que no. Que no sabía de él. Obviamente no me iban a creer y me llevaron al calabozo. Abril vio desde la ventana cómo me arrestaban. Lloró mucho. Sin embargo, le  dije que no dijera que me conocía, que era por el bien de su familia, que pronto intentaría ubicarla y que seríamos muy felices.

Me llevaron a Chiclayo. Donde me encontré con el Doctor Céspedes que me esperaba en el juzgado. Me miro y me dijo: No creas que te has salvado sólo porque eres familia de mi yerno, ayudaste a una familia de delincuentes y tendrás lo que te corresponde. Su serenidad me asombraba. Esa tarde y hasta la noche me hicieron miles de preguntas, pero decidí guardar silencio, para no entrar en contradicciones. Sólo deseaba profundamente en mi corazón que Abril se haya encontrado con su madre y hermano, después de eso no pensaba más.

El día de mi juicio llegó. El juez entro sosegado como si fuera mera rutina. Me miro. Sonrió como diciéndome todo va a estar bien.

29.5.12

Abril - El terremoto (Cap. 16)


Al regresar a casa, me encontré con un cuadro inesperado. Juan, Elizabeth, mi padre, mi madre y el Doctor Céspedes me esperaban.

- Rodrigo ¿Dónde has estado? – Mi padre me traspasó con su mirada.
- Bueno, al regresar del trabajo fui un momento a caminar por Puerto Pimentel. Tengo que contarles que tengo una amiga, que deseo que sea mi pareja, fui a encontrarme con ella.
- ¡Silencio! Mentiroso – Me dijo tajante el Doctor Céspedes – Tú al igual que esa chica, son cómplices en encubrir a un delincuente. Y encima quieres mentirle a tus padres que tienes buenas intenciones. Acabamos de encontrar a Francisco Giménez. Ya se lo llevaron arrestado y jamás saldrá de prisión. Ahora están buscando a Abril Valdivieso y a ti por cómplices al encubrirlo en Trujillo. Les tomaron fotos hoy en la tarde conversando en Puerto Pimentel – Juan me mostró las fotos. Mi familia entera me miró sorprendida. Era la prueba aparentemente fehaciente que yo era parte de los culpables. Un ambicioso joven que parecía no tener ambiciones de futuro, solitario y soñador, encajaba exacto con el perfil de un cómplice que sería manipulado por su novia.
- Hijo – Se me acercó mi madre – Dime que no es verdad.
- Por supuesto que no, madre.
- Rodrigo, no te dejes manipular por esa tal Abril – en tono de consejo me dijo Elizabeth.
- No me estoy dejando manipular. La verdad es que Abril también es víctima de Francisco Giménez.
- Entonces porqué no lo denunció a la guardia civil, en cambio decidió ocultarlo por casi tres años.

En medio de la discusión acalorada ocurrió un temblor. Todos nos callamos. Paralizados. Mi padre llamó a la calma. Elizabeth se aferró a su padre. Mi madre buscó a su hijo mayor y yo. Salí corriendo hacia la biblioteca. El temblor duró unos tres o cuatro segundos que parecían eternos. Era un 31 de enero de 1951, el epicentro fue en Lima y la magnitud del terremoto fue de siete grados en la escala de Ritcher. Sabía que eso significaría que me importaba más Abril que mi familia. Sabía que me iban a increpar las razones por las que me estaba, aparentemente huyendo. Igual, con todo eso, me fui.

Las ventanas altas del edificio me daban saludaban cuando daba vuelta a la esquina. Toqué la puerta. Salió el señor Valdivieso. Me dejó pasar. Les conté todo cuanto había sucedido en mi casa. Abril, se asustó más de lo que ya estaba por el temblor. Esa noche me hicieron un espacio entre los pabellones de libros para dormir. El frío ingresaba por aquellos ventanales y yo recordaba todo lo que mi familia había hecho conmigo. Así también las palabras de Abril, “alimentar la venganza no hace bien a nadie, el rencor carcome la razón, convierte al individuo en la misma persona que odia.”

Tal vez eso pudo haber sucedido con el Doctor Céspedes, escondiéndose tras su elegancia, se estaba convirtiendo en otro Francisco Giménez y eso lo había convertido en un hombre desconfiado, un virus emocional que había infectado a mi hermano y su esposa, y no faltaba mucho para mis padres. Abril tenía razón, el doctor Céspedes no era el mismo.

28.5.12

Abril - Lima (Cap. 10)


Ciudad de Reyes, Capital del Perú. Una creciente población con sueños de sobresalir. Lima, estaba en crecimiento y como faltaba mucho por hacer, lo se hacía era útil. Lima con su sol de invierno, cielo celeste y árboles en zonas importantes, como plazas y en las laderas del Rimac, el Río Hablador, jamás calla aunque por en estos nuevos días su voz ya se escucha cada día más lejana. Ahí ocurrió que mi hermano se casó con una dama de buen nombre, de conducta intachable y asimismo sincera y cuyos derechos siempre hacía valer. Elizabeth, la señorita que al lado de su padre el Doctor Céspedes, un altruista médico, lo apoyaba en el comunicado a la prensa sobre el secuestro de mi hermano.

Como por arte de magia toda la población que conocía y respetaba al Doctor Céspedes, empezó a apoyar la búsqueda de Francisco Giménez en todo Lima. Lo buscaron por la Alameda de Chabuca Granda, por el viejo callejón de un solo caño de Felipe Pinglo, por cada rincón de las pequeñas calles del centro desde la Plaza de Armas hasta su extensión final. Nada. Un fantasma dijeron todos.

Cuando las fuerzas de búsqueda empezaron a escasear y los rumores de un fraude o promoción de su clínica empezaron a difundirse de boca en boca. Y como sabemos los rumores, el escarnio, se propagan más rápido que los mensajes de apoyo y bondad más temprano que tarde las familias de Lima empezaron a olvidar la comisión y el deseo de ayudar a la familia Céspedes. Por el contrario, los empezaron a odiar como si hubieran sido víctimas de sus mentiras, mentiras que por inferencia maliciosa supusieron que había sucedido.

Nada haría confirmas las sospechas de la población que un mensaje secreto a la policía que les informaba que el cuerpo de un joven de 24 años estaba escondido en el cuarto de huéspedes de los Céspedes, el mismo joven que dijeron se había perdido. En efecto, la policía fue diligentemente hacía caso al mensaje sin autor y sorprendió a la familia.

- Buenos días señor Céspedes. Hemos venido con una orden del juez para que nos deje pasar a revisar en su hogar si tiene al joven Juan De la torre, escondido en su casa.
- ¿Ah? No, esto es inaudito, señores. Cómo pueden pensar eso de mí, yo me siento igual de preocupado por el paradero de ese joven pero no entiendo porqué asumen que yo soy el culpable si yo fui quien denunció.
- Lo siento señor, yo le creo. Pero el juez tiene sus dudas, sobretodo porque dicen por ahí que sólo es una promoción para su clínica.
- ¡Oh vaya! Ahora el juez basa sus fallos en función a lo que dice la gente. Pero está bien, para que se desengañen de esas patrañas pasen y verifiquen cada rincón.
- Muchas gracias, doctor.

Los policías fueron directamente al dormitorio de huéspedes y sin dilatar más el tiempo encontraron a Juan, mi hermano, maniatado y con un parque sobre su boca, delirando frases incoherentes y más delgado que la última vez que lo vieron en el hospital. Los Céspedes se quedaron atónitos al ver el cuadro tan difícil de entender o explicar. Esa estupefacción les costó el dolor de perder el prestigio de la población y por consiguiente la clínica perdió clientes, sólo iban los que conocían fielmente en la familia pues los conocieron cercanamente, sin embargo, no alcanzaba dinero para sostener el nosocomio.

Mientras me contaba esto, Rodrigo, apretaba su puño a su rodilla y sufría al recordar. Odiaba a Francisco Gimenez y me imagino que si lo hubiera tenido al frente le hubiera pegado con ira incesable sólo supo que Francisco Gímenez desapareció de Lima y alrededores, y su esposa, tía Sósima, lloró su despedida hasta que quedó sorda y muda. Mientras regresábamos de Lambayeque a Chiclayo, mientras veíamos las casas pasar al lado del camino, él seguía desbordando su historia, la de él y la de su hermano.

Juan, fue enviado a un hospital estatal. Elizabeth lo iba a visitar de incógnito. Conversaba con él, su cuerpo delgado y sus frases de delirio eran sus respuestas hondas, dolorosas a las frases de esperanza que le daba Elizabeth. Durante sus meses de recuperación, Elizabeth se mantuvo ocupada en cuidar de Juan por las tardes dado que en las mañanas terminaba de cursar el último año de media. Era muy madura para su edad. Juan, poco a poco tenía momentos  de lucidez y en aquellos momentos miraba el cielo a través de la ventana. No lo podía creer, estaba a salvo.