El cielo estaba más despejado, ya era
casi mediodía. La fuente de cebiche había llegado y el rostro de José Rodrigo
se iluminó al ver las tortas de maíz que eran, según me contó, las mejores de
Pimentel. Miré su rostro apacible, incluso feliz. Pareció que nos conoceríamos
de años, me había contado un episodio de su vida tan importante que no desearía
olvidarme. Mis ansias de pintar un cuadro en una biblioteca con una ventana
grande como la que describía y el pupitre lleno de hojas por un lado y el
caminando hacia su musa en plena indecisión, por otro lado ella leyendo un
librito celeste y su sombra proyectándose al piso hasta el inicio de su caminar
me daba mucho material de imaginar detalles, tal vez las mesas o un cuadro de
fondo con la foto del presidente de hace cincuenta años, no, no, mejor un grupo
de estudiantes con libros gruesos y gafas gruesas teniendo en sus manos unas
hojas con dibujos de plantas o animales, unos biólogos seguidores Lineo.
José Rodrigo, hizo una pausa a su
historia mientras comía y disfrutaba de los trozos de pescado y las tortas de
maíz. Me preguntó acerca del motivo de mi visita a Chiclayo. Le dije que
habíamos llegado con un grupo de la universidad, estudiábamos arte y queríamos
tener una perspectiva de cómo se desarrollo el arte antiguo, de los mochicas.
Era como un afán de conocer nuestra historia desde el punto de vista artístico,
así que el hecho de que Rodrigo me comentara sobre los valses de aquel tiempo
me interesaba como un plus para mi trabajo. Teníamos entonces un interés común,
el hacía catarsis contándome sus historia y yo obtenía información importante
para mi trabajo de la universidad. El hecho de que decida ser pintor venía con el
arte. Desde pequeño tuve sensibilidad para identificar emociones en las
pinturas que mi padre me mostraba cuando íbamos de paseo a algunos museos o
mientras jugábamos con témperas en casa. Él quería que yo fuera médico, pero se
dio por vencido una vez que mi profesor de arte le dijo que tenía sensibilidad
ante las pinturas y expresiones artísticas y que no debía desperdiciarlo. En
fin, ese día Rodrigo me aconsejó algo que me hizo pensar mucho en mi futuro.
Bruno, tienes ¿Qué planes tienes para tu vida? me dijo. No entendía mucho, pero
luego de su historia entendí mejor.
Ese día me encontré a dos metros de ella
– continuó con su historia – estaba listo a preguntarle si quería salir a
pasear conmigo. Pero no ocurrió nada de lo previsto. Me acercaba a su lugar,
era simplemente invitarle a salir claro que esto sería crucial si salí algo
mal, todo el mundo lo sabía incluso los muchachos de gafas grandes. Me puse de
pie a dos metros de ella. Seguí leyendo su libro, tan llena de paz, sonriente
como si el libro le contara historias románticas o poemas que le arrancaran
recuerdos o sueños de su futuro, si, deberían ser sueños de su futuro, una
mujer tan joven no podría haber tenido una relación antes, yo me propondría a
ser su primer y único amor y ella sería para mí mi primer y único amor también.
Sé que para ahora a esa edad muchos jóvenes ya no son tan inocentes como lo
éramos entonces, tal vez las cosas cambiaron con esto de la globalización y las
nuevas herramientas de la tecnología que les dan información por montones y ya
no están velados para algunas cosas, como entonces. Abril sonreía y yo le
miraba sin pestañear, me acerqué dos pasos más para que se diera cuenta de mi
presencia. Dejó su lectura memorizando el número de página y me miró con sus
ojos de miel y sus cabellos rizados. Le sonreí y le dije:
- Hola, me llamo José, José Rodrigo De la Torre
Martinez. ¿Cuál es tu nombre?
- Abril, Abril Valdivieso. – era la primera vez que
escuchaba su voz y me sentía encaminado, tendría que pedírselo con mayor razón.
Era la voz perfecta que había soñado con la que diría los nombres de nuestros
hijos para llamarlos a la mesa. Abril Valdivieso, ella sería mi esposa, lo supe
desde el primer momento.
- Abril, que bonito nombre y singular sobre todo. –
Sonrió mirando para el suelo.
- ¿Necesitas algo José? – Su voz se quedó en mis
oídos, no hubo eco en el recinto, ella tenía esa magia.
- Ah, si, si… - me puse nervioso, sentía mis piernas
temblorosas, un sudor frío empezó en mi nuca, aclaré mi voz – Abril, te
gustaría…
Y luego todo se hizo oscuro, lo último que escuché
fue: ¡José! ¡José! ¡Qué te ocurre! ¡Estás bien! ¡Ayuda por favor! ¡Alguien
ayúdeme!.
Desperté al día siguiente. Las paredes
altas, con ventanales como de la biblioteca, un olor suave a alcohol se
extendía en el recinto, había otros pacientes a mi lado algunos sentados otros
echados, con suero algunos y otros todavía durmiendo. Se me acercó una amable
enfermera.
- ¡Qué bueno que ya despertó! Ayer llegó de
emergencia, felizmente que estaba una enfermera cerca, sino hubiera demorado
más su recuperación. ¿Cómo va el dolor en su rostro?
- ¿Dolor? ¿En mi rostro? – Me toqué la mejilla
izquierda, y sentí una presión extraña, era un dolor a medias, no era un dolor
completo, muy incómodo.
- Si, vaya caída que se dio. Bueno, recién le estará
doliendo, pronto le traeremos un analgésico y un antinflamatorio, no se
preocupe.
- ¡Oh! Gracias – me pareció muy amable – Disculpe
señorita ¿Cuál es su nombre?
- Je, je, je… Soy amiga de Abril.
Así que ella era amiga de Abril, Abril me
había traído al hospital para que me atiendan y de seguro le había comentado
algo a esta señorita. Abril también sería enfermera. Y yo estaría en el lugar
menos indicado para invitarle a una cita pues recién estaría en recuperación y
ella ya tendría una imagen negativa de mí. “Bueno, sólo espero que ella pueda
venir”, pensé.
Ese día no se acercó sino sólo la
señorita amable, para ayudarme a sentar e indicarme dónde quedaba el baño y
entregarme las pastillas que debía tomar. A mi lado estaba un señor con una
sutura recién hecha en la pierna y no podía siquiera levantarse, sólo decía:
¡Juana! ¡Juana! Luego callaba y dejaba pasar unos quince minutos para seguir
llamando a Juana. Venía una enfermera un poco más gordita, muy maquillada, y le
atendía. La señorita amable se llamaba Josefina y venía de Lima, por eso su
hablar no era el mismo. Me comentó que llegaron Abril y un señor trayéndome a
cuestas, justo encontraron a Josefina para que les ayude y le pidieron que me
cuide. El doctor cuando me evaluó dijo que me había desmayado porque no había
comido por dos días y que tarde o temprano la gastritis me pasaría factura, yo
asentí con la cabeza gacha y me acordé de la tarea de contabilidad que había
dejado en el escritorio de la biblioteca, sólo desee que nadie la haya tocado
sino todo mi trabajo estaría perdido. Josefina me dijo que Abril tendría su
turno en la noche así que ella pronto llegaría, el cambio de turno sería a las
ocho. Ya no faltaba mucho. Pronto tendría más tiempo para hablar con Abril. Y pedirle
disculpas por el susto.