10.4.12

Abril - Cuando la conocí (Cap. 2)

Bruno, tienes que pensar muy bien en tu futuro. En la vida a veces no se puede medir cuán rápido devendrán los eventos, te arrebatan en su danza y no puedes liberarte de ellos. Lo que te voy a contar me gustaría mucho que lo tengas presente en tu mente siempre, pues es parte muy importante de mi vida y me pareces un muchacho que sabe apreciar las maravillas que ofrece el universo.

Ocurrió unos cincuenta años atrás, cuando yo era joven. Había terminado la educación media un poco tarde, tenía 18 años. Estaba estudiando contabilidad en un instituto, en ese entonces uno se preparaba para algo y había trabajo rápido, porque éramos pocos en todas las ciudades, excepto en Lima que ya se empezaba a poblar de personas que iban por un futuro mejor. Las noticias no iban tan rápido como ahora, mucha de la información importante nos llegaban con tardanza de un día o a veces tres días. Así que mi vida era la que me rodeaba, del instituto a mi casa, de mi casa al parque a pasear con unos amigos, del parque al cinema o de regreso a casa para ir al día siguiente a clases o a la biblioteca. Lo que disfrutábamos mucho era reunirnos en el pórtico de la casa de uno de los amigos y tocar en la guitarra algunos boleros y valsecitos. Aquellas épocas eran tranquilas, uno dejaba la puerta de su casa abierta y no había miedo que uno de tus vecinos viniera y se llevara algo porque éramos, más bien, una comunidad, una hermandad. Solíamos festejar algunas fiestas entre adultos y jóvenes con banquetes y música criolla también. No había tanta malicia como ahora.

Para mí, vivir el día era suficiente, pero ¿lo sería para mi futuro? Fue en esos días que conocí a Abril, era una mujer muy alegre, creo que fue en el momento correcto para conocerla, sólo que entonces no me daba cuenta de lo rápido que pasaba el tiempo. Bueno, como te decía, solíamos pasear con nuestros amigos en el parque o en la casa de alguien pero no hacíamos lo mismo al momento de estudiar. Nos costaba mucho tan sólo el hecho de ir al instituto y escuchar al profesor. Visitar la biblioteca, era otro reto. Recuerdo que fue en una de las primeras veces que visitaba la biblioteca cuando conocí a Abril. Era verano.

Algunas veces nos preparábamos para ir a la playa en grupo, como quedaba cerca sólo era cuestión de coger un fiambre y salir caminando para encontrarnos con el sol radiante e ir a nadar, pescar o tan sólo jugar fútbol en la orilla, en ocasiones no comíamos sino hasta que se haga tarde pues nos divertíamos tanto que nos olvidábamos del tiempo hasta que las luces del malecón se prendiesen. Recuerdo que nos escapábamos de las clases sólo para ir a jugar una pichanga con unos muchachos que venían del centro y que se creían que jugaban, casi siempre les ganábamos otras veces terminábamos peleando, no nos gustaba perder.

A fin de mes si que no salíamos para nada, pero llegó un ciclo que yo no pude salir para nada porque me tocó un profesor fastidioso que nos dejaba tarea por montón y nos insistía en revisar al mínimo los libros contables, aún sabiendo que todo cuadraba. Le tenía una cólera, pero le agradezco ahora porque ese perfeccionismo me salvó una vez el pellejo. Fue en septiembre cuando nos insistía mucho en que no nos distraigamos en el curso. Era el último año de clases así que tenía que esforzarme mucho por no aplazar el curso sino tendría que repetir. Eran días en que la diversión me llamaba mucho, pero también tenía un sentido de responsabilidad que me hacía quedarme sentado en esa banca de madera entre pilares de libros y hojas cuadriculadas y números danzantes en ellas. No deseaba convertirme en un sabihondo, pero por lo menos parecerlo me ayudaría a dar una mejor impresión para la nota final, pensaba.

Llegaba la semana de medio ciclo, donde empezaban los exámenes parciales. La biblioteca municipal quedaba en el centro de Chiclayo y tendría que ir allá para encontrar un libro que este profesor insistente quería que leyéramos. Llegué a ese lugar enorme, las pilas de libros estaban ordenadas por tema y codificadas de tal forma que le dabas a una persona que estaba de auxiliar de biblioteca y te indicaba cómo llegar y a qué altura encontrarías en medio de ese cementerio de signos que esperaban a ser desenterrados de sus páginas amarrillas oliendo a polilla algunas a ser resucitadas del letargo en que las dejó su autor. El ambiente silencioso no era uno de mis preferidos, yo deseaba que se pudiera hablar o gritar cuando encontrabas una relación importante entre los escritos de algunos autores, pero nadie se asombraba. Sólo sentía que sus sonrisas debajo de aquellos anteojos gruesos eran sorpresas contenidas en un augurio que estaba cerca de hacer un descubrimiento que asombraría a sus compañeros de estudio en la misma mesa de madera alumbrada por la luz solar que entraba por aquella enorme ventana que observaba ese espectáculo en mutis.

Ya había visitado la biblioteca unas tres veces para hacer esa tarea, siempre entraba solo para no hacer participe a algún amigo de mi aburrimiento. Ese día los de gafas gruesas no llegaron, suspiré de tranquilidad, también irán a la playa pensé. Sólo una delgada señorita de ojos grandes y cabello ondulado llegó, cogió un libro celeste y sin mirar a nadie en el salón se sentó en aquella silla del fondo, al lado de la ventana y empezó a leer dejando caer un poco de su cabello sobre sus hombros y lo demás descansando sobre su espalda. Yo la miraba desde mi pupitre con mis piernas delgadas extendiéndose más allá de los límites del pasillo. Me desconcentró y lo mejor de todo es que no necesitó hacer algún sonido siquiera. La miré una y otra vez, sus ojos resaltaban entre las columnas llegas de números que dejé de prestarle atención y simplemente después sólo era ella, su rostro el que deseaba verlo más de cerca. Ese día no pude avanzar mucho y decidí regresar al día siguiente. En la tarde decidí despejarme y fui al mar. A pasear, a conversar con las olas y el cielo que reflejaba el sol en medio de sus nubes con colores rojos y naranjas. Por ese entonces ya sonaba la canción del trío Los Panchos que se llamaba Estrellita del Sur, y se me pegó la canción solía cantarla cuando me acordaba de su rostro creo porque me parecía que su belleza no era herencia de los pobladores del norte sino del sur. Incluso pensé que venía de una de las playas de Lima, o de Ica, tal vez.

Por ese entonces se escuchaba mucho de las cosas que pasaban en el exterior, la Guerra Fría, el poder comunista desintegrándose de a pocos al otro lado del mundo y el posicionamiento de Estados Unidos como potencia mundial, la formación de la ONU y su labor como mediadora entre las naciones potencia y otras desventajadas, la Copa Mundial de Fútbol en Brasil, el Maracanazo, el volcán en Sicilia, eran los temas de conversación de los adultos en los bares, en las reuniones de trabajo, mientras tanto las esposas eran en su mayoría reglamentadas como si fueran propiedad de sus cónyuges, algunas veces podían salir a la calle, algunas veces quedarse en casa cuidando a los hijos, otras acompañar al marido pero no mencionar alguna palabra, y esto generaba muchas desigualdades en el trato que a los niños y a las damas frente a la sociedad, la tensión se acrecentaba con algunas convulsiones en el gobierno central, Odría intentando ordenar el país y el sur de el país en diferidos que poco podrían encontrar alguna solución. Felizmente, todavía era gratis y libre caminar por la playa pensando o silbando una canción y siendo joven, los prejuicios de los que me veían eran menos que si hubiera sido un niño. El rostro de Abril lo tenía en mi memoria, iluminado por la luz que entraba por ese ventanal, me encantaba, no recordaba ni un solo número de mi tarea. Decidí, la siguiente vez que la viera acercarme y sonreírle, pedirle que seamos amigos o en ir a comer helado o algo que me permitiera conocerle un poco más. En algunos momentos de soledad practicaba en cómo hablarle, si decirle amiga o señorita, si le incomodaría presentarme de repente distrayéndola de su lectura o sería mejor esperar hasta que termine de leer y esté devolviendo el libro, aunque si estaba apurada no sabría qué decirle luego. Me hacía un mundo. Creo que antes uno mismo se complicaba las cosas. Porque ahora todos los muchachos parecen más adelantados para su edad. O tal vez sean las épocas. Quién sabe.

Al día siguiente fui a buscarla a la biblioteca. Era la primera vez que iba con tanto interés y yo sabía que no era por los libros, incluso mi madre al mirarme apurado me dijo que ojala no me olvide de comprarle unos ruleros al regreso. No entendí porqué siempre me mandaba a comprarme algo, cualquier cosa, siempre que salía, si bien ella podía salir y comprárselos en la tienda de la esquina y ya, pero siempre salía con un encargo. Pensé que algún día se cansaría pero nunca lo dejó de hacer. Llegué como a las nueve de la mañana, justo estaban abriendo, lleve en mi maleta algunos cuadernos de la tarea, en efecto me había planteado avanzar lo posible hasta que ella llegara, aunque estaba nervioso, había practicado toda la tarde anterior para verla así que no podía pensar en que algo se saldría de control. Me había puesto en todas las situaciones menos en una ¿Y qué pasaría si ya tiene novio?

Me senté en esa carpeta pequeña para lo longo que era, cuando uno es adolescente, en el desarrollo, por temporadas uno pierde la armonía de sus extremidades, me ocurrió con las piernas. Cuando caminaba sentía que a mis piernas les llevaba trabajo acomodarse al caminar, era como si tuviera zancos entre mis amigos. Yo era el más alto. Me acomodé en el pupitre y dispuse mis cuadernos, lápiz y calculadora en dirección a la ventana recogí el libro que siempre elegía como apoyo para la tarea, ya me sabía su ubicación de memoria, y empecé a trabajar. La luz del sol, ese día, llegó temprano, iluminó la mesa de los de anteojos gruesos y la mesa después, junto a la ventana, donde se sentó a leer su libro con sus cabellos ondulados cayendo en parte sobre sus hombros, en parte sobre su espalda, con sus manos morenas y dedos delgados y ojos grandes. Me concentré de nuevo en mis hojas, las cuadrículas y números danzantes, siempre danzantes para hacer cuadrar de una vez por todas ese trabajo y presentárselo una semana antes de terminar el ciclo, listo para los exámenes de rigor y finalmente la graduación. Ese día llegaron los de gafas gruesas y recogieron libros esta vez más gruesos que de costumbre, venían dispuestos a recuperar el aburrimiento del día anterior. Miré mi reloj y supuse que llegaría pronto.

Seguí con los números y se me ocurrió silbar inconscientemente aquel vals que me hacía acordar a ella. La tasa interna de retorno tenía un porcentaje y el negocio sería rentable en unos diez meses listo para crecer, no tan rápido y no tan lento para una empresa que planea posicionarse en un mercado creciente como el nuestro. Después de llegar a esta conclusión me pareció sentir un vacío en todo el ambiente, levanté la mirada y todos me estaban mirando. Me pareció extraño que todos voltearan a la vez. El señor que estaba en la puerta atendiendo a los que deseaban obtener un carnet de la biblioteca movió su silla para atrás mientras se ponía de pie. Sus pisadas resonaron en todo el ambiente mientras las miradas que antes tenía sobre mí se fueron moviendo de objetivo al rostro de ese extraño señor de peinado de lado y mirada amable. Jovencito, tenga la amabilidad de explicarme porqué se puso a silbar en este recinto, me dijo. Yo tartamudeé: S-sse me es-ss-capó. Y luego sonreí. Puso sus manos en mi escritorio, miró mis apuntes y me dijo que tenga más cuidado para la siguiente vez pues sería castigado con el impedimento de ingreso durante una semana por haber infringido la regla de mantener el orden en el recinto de lectura. Mientras él hablaba, ella entraba por aquella puerta de iguales proporciones que la ventana que iluminó su rostro el día anterior. El señor me dijo también que me perdonaba por sabía que era nuevo en la biblioteca y ya tenía un tiempo yendo y en efecto reconoció que “se me había escapado”. Me dejó la advertencia y sus ojos siguieron siendo amables yendo para atender a la muchacha que me había desconectado de la mirada acusadora de los de anteojos gruesos.

La seguí con la mirada desde que entró. Saludo amablemente al señor de la puerta, como si lo conociera. Y luego se dirigió caminando en medio de las últimas miradas que me acusaban de bullicioso y mi rostro lo oculté detrás de mis hojas de cálculo para hacerle parecer que era un chico ocupado. Imaginé que también me miraba. Se fue al mismo pabellón del día anterior a coger el mismo libro celeste del día anterior y caminó la misma ruta hacía la misma mesa del día anterior. Sospeché que podría imaginar su siguiente movimiento. Me puse de pié. Caminé como buscando otro libro, el señor de la puerta se dio cuenta que me estaba moviendo y estuvo alerta. Me acerqué al pabellón donde estuvo ella y pensé en averiguar qué libro había tomado. Eran muchos espacios vacíos, no podría adivinar. Me armé de valor para ir a proponerle salir, después de su lectura claro está. Hice una pausa, repasé las frases que había practicado el día anterior. Y caminé detrás de la sombra de su cabeza inclinada que era proyectada desde los rayos de la ventana hasta el inicio del pabellón donde estaba, donde había cogido el libro celeste.

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