El muelle de madera se incrustaba en el
horizonte, cubierto por la neblina que se posaba sobre el mar. Los caballos de
totora, a la orilla, descansando de su labor de la noche anterior, los
pescadores con ojos cansados vendían el pescado fresco en cebiche y trozado
para freír. Yo me encontraba en la entrada del muelle, en una pequeña rotonda
para el descanso de los visitantes y andantes en el malecón. Había estado
recientemente de paseo por un lugar cercano a Pimentel donde criaban avestruces
y todavía no salía de mi asombro para permitirme el asombro del paisaje frente
a mis ojos. Era simplemente un horizonte infinito que se dibujaba en una fina
línea donde acaba el mar y donde empieza cielo. Claro, esta vez el cielo estaba
cubierto con esa neblina que impedía que los pescadores planearan ingresar esa
tarde al mar a continuar pescando y sólo se limitaban a echar su carrete de
nylon con un anzuelo en la punta desde el muelle. Sus vestimentas eran todas
diferentes pero a lo lejos parecían del mismo color, gris o verde oscuro.
Vestían shorts y polos, me pregunté si no tenían frío, aparentemente su piel ya
estaba acostumbrada a los cambios climáticos en ese lugar.
Fue en ese lugar donde se llevaron a cabo
muchos eventos que luego me enteraría, eventos que pudieron pasar
desapercibidos a cuanto transeúnte o visitante de Chiclayo se le haya ocurrido.
Fue en ese lugar donde conocí a aquel hombre de barbas blancas y mirada
infranqueable, con arrugas en las manos y sonrisa juvenil desbordante a cuanta
persona desconocida se le cruce en el camino. Yo me encontraba pensando en los
planes de aquel viaje que me había traído a este paraje, mientras él sólo
pensaba en lo alegre del paisaje con neblina. Me daba la impresión que llegó un
día en que decidió que el tiempo no pasara más por su rostro y quedó ahí,
quieto, estático, sin envejecer más. José Rodrigo, se llamaba. Lo conocí por
una conversación banal que luego se convirtió en su historia, que poco a poco decidió
explicármela, dándome lecciones que había aprendido desde que fue joven.
Rodrigo, deseaba contarla, en efecto, tenía esta historia muy guardada en su
corazón. Me percaté que sus ojos brillaban mientras recordaba, mientras sus
labios delgados cubiertos de barba blanca temblaban cuando los episodios se le
mezclaban con emociones y no soportaba el llanto en sus ojos. Rodrigo, tuvo la
bondad de contarme la historia deseando que sea la última vez que la
recordaría, deseó mucho que se quedara en manos de una persona que no lo
conociera, que no pueda en algún futuro próximo recordarle otra vez el peso de
sus emociones. Él sólo quería entregar la historia de su vida para poder
encontrarse con el mar una vez más y la última vez esta vez.
Ese día llevaba puesto un pantalón negro,
una camisa blanca y una pipa. Me pareció resaltar en medio de la multitud por
su parecido con un marinero de un dibujo animado antiguo. Se acercó a mí.
- Hijo ¿esperas a alguien?
- No, sólo estoy viendo el paisaje, soy fotógrafo.
- Ja, ja, ja… ¡Qué coincidencia! ¿Te gusta el paisaje
nublado?
- Si, es muy difícil encontrar un método que pueda captar
tal y como mis ojos lo ven. Cuando lo tomo con mi cámara todo se ve diferente,
no como lo veo ahora.
- A mí también me gusta ver el horizonte
¿Sabes? Hace tiempo no había tantos cambios de clima. A la gente no le gusta
mucho el clima con neblina, les parece triste, pero extrañamente a mi me causa
felicidad. Me da la impresión que de tanto sol el clima se da una pausa para
refrescarse. - Sonrió como si quisiera convencerme de su felicidad extraña.
- Debe ser.
- ¿Cómo te llamas, hijo?
Pensé en mentirle, me parecía extraño, sumamente extraño, que un ser humano con vestimenta monocroma y pipa en mano se acercara tan de pronto a preguntarme muchas cosas y sin búsqueda de beneficio en las frases que decía. Mientras pensaba en qué responderle pasaron algunos pescadores con un balde en el que llevaban la pesca del día para el almuerzo familiar.
Pensé en mentirle, me parecía extraño, sumamente extraño, que un ser humano con vestimenta monocroma y pipa en mano se acercara tan de pronto a preguntarme muchas cosas y sin búsqueda de beneficio en las frases que decía. Mientras pensaba en qué responderle pasaron algunos pescadores con un balde en el que llevaban la pesca del día para el almuerzo familiar.
- Bruno.
- ¿No te gusta que te molesten, verdad?
- No mucho.
- Bueno, entonces no te molesto, Bruno.
- Espere ¿Usted vive por acá?
- Si, siempre salgo a pasear para no quedarme en casa
pensando en estupideces.
- Conoce donde comer el mejor cebiche de Pimentel.
- Bueno, eso depende del sabor que desees. Aunque
ahora hay muchas cebicherías que te dan de todo, creo que la mejor está a unas
cuadras de acá, te sirven con tortas de maíz, una ensalada exquisita y tu
porción de zarandaja infaltable.
- Ja, ja… por supuesto. - Noté que su estatura era mayor
del promedio cuando se paró para dirigirme a ese lugar.
Y conversamos en el camino sobre la pesca
de ese año, sobre los peces que ya no habitan el litoral norteño y sobre
algunos lugares por visitar en Chiclayo. Llegamos a una cebichería que en su
entrada mostraba algunos “trofeos de guerra marítima”: unas mandíbulas de
tiburón, las más pequeñas eran del tamaño de la palma de un adulto. Me invitó a
pasar convenciéndome que porque le había caído bien almorzaría esta vez
conmigo. Yo asentí en sentarnos en el fondo del restaurante pues me pareció
tener una vislumbre del mar desde la entrada, así fue. Se encontraban
dispuestas unas diez mesas con vista al mar y con una sombra que dejaba pasar
una brisa refrescante. Pedimos una fuente de cebiche con todos los adicionales
que me había comentado Rodrigo. Observé que las olas cambiaban de dirección en
el muelle. El sol se veía como un sello en el centro del cielo, los pescadores
seguían vendiendo la pesca del día en la orilla de la playa al lado de los
caballos de totora y me percaté que mientras me quedaba absorto del paisaje,
Rodrigo tímidamente encendía su pipa.
- No te molesta, ¿verdad?
- Si.- Le dije con una mirada seria. Apagó el objeto
de sus vicios reflexivos y lo guardó para después.
Mientras esperábamos el potaje, el empezó
a contarme su historia. Sin que yo le hiciera alguna pregunta. Empecé a
imaginar que todos los días el salía de su casa a pasear por el malecón sólo para
encontrar a una persona que estuviera de paso, que esté dispuesta a escuchar y
que no juzgue su pasado. Me encontró. Aunque tal vez no sería la persona que
precisamente buscaba pero la impresión es lo que cuenta ¿No? y aquel día estaba
ahí, en ese lugar donde me vio absorto, pensativo, como en media realidad. El
mar estaba quieto, calmo, tanto como cuando Rodrigo empezó su historia.

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