17.4.12

Abril - ¡Enfermera! (Cap. 4)


- Muchacho ¿Te gustaría ir a pescar?
- ¿Pescar? Oh, no, no, yo no se pescar.
- Anda ¡Vamos! Al parecer si me has seguido acá, no tienes ningún apuro.
- Bueno… está bien.

Sus ojos se llenaron de ánimo, creo que recién estaba en el inicio de su historia y no quería perder la ilación. Me pregunté si antes lo habría intentado con otros transeúntes pensativos y apariencia de tener mucho tiempo para escucharle. La comida estuvo muy bien condimentada y ahora el caminar hasta el puerto de Pimentel me iba a dar un tiempo más para comprender cuál era el móvil de este anciano a quien acompañaba para contarme su vida.

Aquella noche, en el hospital, esperé a Abril hasta que me quedé dormido de cara a la entrada al recinto donde yacíamos muchos pacientes. Ésta, sería mi última noche en el hospital y pronto tendría que ir a la biblioteca para recoger mis cosas y ni más volver a asomar mi rostro por la vergüenza de que se rían a mis espaldas. Lo mejor que podría ocurrir, según lo que pensaba en ese entonces, era que Abril me acompañara a leer mientras yo iba a recoger mis cosas y así los de anteojos grandes no harían murmullos sino quedarían con la boca abierta y así podría regresar cuantas veces quisiera a la biblioteca. Nada de eso ocurrió. Esa noche quedé dormido muy temprano. Abril llegó y me encontró durmiendo dejó algo en el buró al lado de mi camilla y atendió al señor que llamaba a Juana y luego siguió atendiendo a todos hasta que quedamos durmiendo y en silencio. La luz de la calle ingresaba por las ventanas altas y dejaban que mi rostro tuviera una coloración azul. Abril me miraba de reojo, yo no me percataba de aquello, sólo dormía.

Al día siguiente, Abril me despertó. Me dijo que había demorado mucho en recuperarme y que tenía que retirarme, lo escuche entre sueños y pronto me encontré de pie a las afueras del hospital. Ella no quiso conversar nada y yo medio dormido medio despierto no podía comprender porqué me apuraba para que saliera pronto. Una media hora más tarde y un poco más despierto me di cuenta que en la carretera que va a Lima había ocurrido un accidente en el que salieron muchos heridos. Veía llegar muchas personas con cortes y algunos desmayados también. Me acerqué a ver cómo estaba aquella sala en la que pasé la noche y observé que habían muchas personas que eran atendidas en sillas y otras que compartían alguna camilla pues no se daban a abasto. Abril me observaba en cruces de miradas que yo esquivaba y otra vez la buscaba. Su preparación le permitía otorgar calma a los atendidos, les atendía con lo que tenía a la mano y muy eficientemente. Supuse que sería una muy buena profesional. Metí la mano en mi bolsillo y encontré aquel mensaje que dejó en mi buró la noche anterior. En medio de la desesperación en la entrada del hospital, yo sentía una extraña calma. En el papel decía: Tus cosas están a salvo, Rodrigo. Abril. Aquella voz que había escuchado hace dos días repetía la frase del papel en lo profundo de mi fuero interno. Ella pronunciaba mi nombre en mi memoria. Eso me parecía genial. La miraba de nuevo a través de la ventana y ella, muy acomedida en su labor, ayudaba a suturar una herida a una señora que llevaba un vestido floreado y sombrero. Quise acercarme a agradecerle, pero no era el momento adecuado. Ella todavía estaría estresada con todos los accidentados por atender y más aún cuando sólo habían tres en enfermeras en el área. Llegué a la conclusión en que podría ayudar. Tal vez.

Mientras estaba pensando. Un señor me grito: ¡Oiga joven si no va a ayudar no estorbe! Me apuré a ayudarle a cargar una camilla más que traían no sé de donde. Ingresé de nuevo al ambiente dónde se encontraba Abril. Me miró por unos segundos y continuó limpiando la herida que ya estaba suturada. Le dijo algo a la señora y sonrió, sus cabellos recibieron una corriente de brisa y su rostro brillo con el sol ante mis ojos. Mientras tanto, intentaba no parecer estupefacto y ayudaba a las personas a descansar, a tomar agua y a mantener la calma en todos los pacientes. Unos me llamaban “joven”, otros “enfemero”, otros “amiguito”, otros “niño”. Siempre cada cual con una queja. Y en el fondo del recinto había un eco de lamentos y un grito cada vez más difícil de ser audible… ¡Enfermera!

Era aquel señor que llamaba a Juana, estaba teniendo un ataque, una crisis inexplicable. No mencionaba qué le dolía. Sólo gritaba y se retorcía, quería que el dolor se esfumara, se cogía la cabeza y se agitaba de dolor. Los doctores llegaron y se sorprendieron al ver tal cuadro, al parecer no sabían qué hacer. Llamaron a los técnicos que lo sujetaron y se observó al pobre hombre en una situación muy dolorosa, su rostro estaba exhausto, sus brazos buscaban su cabeza pero habían perdido movilidad por las correas que le pusieron para evitar que se siga moviendo tan bruscamente. Gritaba y llamaba ¡Enfermera!... no dijo Juana. Lo llevaron a otro recinto. Seguimos atendiendo a los accidentados, todos aún conmocionados con el evento reciente, algunos comentaban y contaban leyendas. La situación irradió un ambiente de confianza y temor, inexplicable en realidad, se sentía una atmósfera extraña. Unas horas más tarde las personas estaban todas en recuperación, ya atendidas con menor emergencia que cuando llegaron, algunas personas ya estaban durmiendo, algunas todavía adoloridas, otras aún contando las últimas leyendas pero como susurrando, y yo tenía el tiempo de conversar con Abril.

Me acerqué sigilosamente, sin ánimos de asustarla.

- Abril – le dije y ella giró su rostro para regalarme una mirada de miel, sospeché que me desvanecería de nuevo, pero no podría, no después de tantas emociones durante el día – Qué intenso tu trabajo ¿eh?
- Bueno, no fue un día particular tampoco.
- Oye, gracias.
- De nada – Su voz tenía un eco especial cuando lo escuchaba, me sentía su paciente siendo calmado y sosegado con su voz, listo para tomar cualquier medicina que me diera.
- Bueno, todavía es mediodía. ¿Te gustaría comer?
- Espérame un momento ¿sí? – Me parecía que estaba siempre con una respuesta diseñada para mi pregunta, sentía que no podía sorprenderla, al menos por ahora que no la conocía mucho.
Visitó a cada paciente como saludando y como observando su estado, se dio cuenta de su condición y se acercó a una de las enfermeras que también estaban en el turno, le dijo algo al oído, su amiga volteó y me miró luego se rieron juntas y le abrazó. Abril se acercó.

- Tengo quince minutos – dijo y salió caminando rápido. Le seguí.

Habíamos llegado al puerto, Rodrigo con sus manos blancas enlazaba con rapidez el anzuelo y el nylon, luego le ponía la carnada y ajustaba el plomo para que se pueda realizar una buena pesca. Me dio mi anzuelo, ya listo para lanzar al mar y preparó el suyo. Luego me enseñó la técnica para pescar mientras yo sentía que era torpe en mis movimientos y medía mis pasos en el muelle pues sentía que de un momento a otro las tablas que me sostenía cederían y caería al mar. Sus ojos se llenaron de recuerdo juvenil, lozano y enérgico mientras continuaba con su historia y mirábamos el horizonte del mar de una forma particular, desde el inicio de la orilla continuando el litoral hasta perder de vista el último pedazo de playa, mirábamos el mar de costado no de frente como los demás mortales en la playa. El romper de las olas nos dejaba una música única que nos relajaba y permitía a Rodrigo ser más detallado mientras me narraba su vida y me mantenía lúcido por si sentía algún tirón en la línea de pescar. Miraba la orilla con ánimo de entender porqué me quedaba en ese momento escuchándole al delgado anciano de barba poblada y blanca que me hablaba entre sonrisas de nostalgia y vislumbres de pasado.

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