- Muchacho ¿Te gustaría ir a pescar?
- ¿Pescar? Oh, no, no, yo no se pescar.
- Anda ¡Vamos! Al parecer si me has seguido acá, no
tienes ningún apuro.
- Bueno… está bien.
Sus ojos se llenaron de ánimo, creo que
recién estaba en el inicio de su historia y no quería perder la ilación. Me
pregunté si antes lo habría intentado con otros transeúntes pensativos y
apariencia de tener mucho tiempo para escucharle. La comida estuvo muy bien
condimentada y ahora el caminar hasta el puerto de Pimentel me iba a dar un
tiempo más para comprender cuál era el móvil de este anciano a quien acompañaba
para contarme su vida.
Aquella noche, en el hospital, esperé a
Abril hasta que me quedé dormido de cara a la entrada al recinto donde yacíamos
muchos pacientes. Ésta, sería mi última noche en el hospital y pronto tendría
que ir a la biblioteca para recoger mis cosas y ni más volver a asomar mi
rostro por la vergüenza de que se rían a mis espaldas. Lo mejor que podría
ocurrir, según lo que pensaba en ese entonces, era que Abril me acompañara a
leer mientras yo iba a recoger mis cosas y así los de anteojos grandes no
harían murmullos sino quedarían con la boca abierta y así podría regresar
cuantas veces quisiera a la biblioteca. Nada de eso ocurrió. Esa noche quedé
dormido muy temprano. Abril llegó y me encontró durmiendo dejó algo en el buró
al lado de mi camilla y atendió al señor que llamaba a Juana y luego siguió
atendiendo a todos hasta que quedamos durmiendo y en silencio. La luz de la
calle ingresaba por las ventanas altas y dejaban que mi rostro tuviera una
coloración azul. Abril me miraba de reojo, yo no me percataba de aquello, sólo
dormía.
Al día siguiente, Abril me despertó. Me
dijo que había demorado mucho en recuperarme y que tenía que retirarme, lo
escuche entre sueños y pronto me encontré de pie a las afueras del hospital.
Ella no quiso conversar nada y yo medio dormido medio despierto no podía
comprender porqué me apuraba para que saliera pronto. Una media hora más tarde
y un poco más despierto me di cuenta que en la carretera que va a Lima había
ocurrido un accidente en el que salieron muchos heridos. Veía llegar muchas
personas con cortes y algunos desmayados también. Me acerqué a ver cómo estaba
aquella sala en la que pasé la noche y observé que habían muchas personas que
eran atendidas en sillas y otras que compartían alguna camilla pues no se daban
a abasto. Abril me observaba en cruces de miradas que yo esquivaba y otra vez
la buscaba. Su preparación le permitía otorgar calma a los atendidos, les
atendía con lo que tenía a la mano y muy eficientemente. Supuse que sería una
muy buena profesional. Metí la mano en mi bolsillo y encontré aquel mensaje que
dejó en mi buró la noche anterior. En medio de la desesperación en la entrada
del hospital, yo sentía una extraña calma. En el papel decía: Tus cosas están a
salvo, Rodrigo. Abril. Aquella voz que había escuchado hace dos días repetía la
frase del papel en lo profundo de mi fuero interno. Ella pronunciaba mi nombre
en mi memoria. Eso me parecía genial. La miraba de nuevo a través de la ventana
y ella, muy acomedida en su labor, ayudaba a suturar una herida a una señora
que llevaba un vestido floreado y sombrero. Quise acercarme a agradecerle, pero
no era el momento adecuado. Ella todavía estaría estresada con todos los
accidentados por atender y más aún cuando sólo habían tres en enfermeras en el
área. Llegué a la conclusión en que podría ayudar. Tal vez.
Mientras estaba pensando. Un señor me
grito: ¡Oiga joven si no va a ayudar no estorbe! Me apuré a ayudarle a cargar
una camilla más que traían no sé de donde. Ingresé de nuevo al ambiente dónde
se encontraba Abril. Me miró por unos segundos y continuó limpiando la herida
que ya estaba suturada. Le dijo algo a la señora y sonrió, sus cabellos
recibieron una corriente de brisa y su rostro brillo con el sol ante mis ojos.
Mientras tanto, intentaba no parecer estupefacto y ayudaba a las personas a
descansar, a tomar agua y a mantener la calma en todos los pacientes. Unos me
llamaban “joven”, otros “enfemero”, otros “amiguito”, otros “niño”. Siempre
cada cual con una queja. Y en el fondo del recinto había un eco de lamentos y
un grito cada vez más difícil de ser audible… ¡Enfermera!
Era aquel señor que llamaba a Juana,
estaba teniendo un ataque, una crisis inexplicable. No mencionaba qué le dolía.
Sólo gritaba y se retorcía, quería que el dolor se esfumara, se cogía la cabeza
y se agitaba de dolor. Los doctores llegaron y se sorprendieron al ver tal
cuadro, al parecer no sabían qué hacer. Llamaron a los técnicos que lo
sujetaron y se observó al pobre hombre en una situación muy dolorosa, su rostro
estaba exhausto, sus brazos buscaban su cabeza pero habían perdido movilidad
por las correas que le pusieron para evitar que se siga moviendo tan
bruscamente. Gritaba y llamaba ¡Enfermera!... no dijo Juana. Lo llevaron a otro
recinto. Seguimos atendiendo a los accidentados, todos aún conmocionados con el
evento reciente, algunos comentaban y contaban leyendas. La situación irradió
un ambiente de confianza y temor, inexplicable en realidad, se sentía una
atmósfera extraña. Unas horas más tarde las personas estaban todas en
recuperación, ya atendidas con menor emergencia que cuando llegaron, algunas
personas ya estaban durmiendo, algunas todavía adoloridas, otras aún contando
las últimas leyendas pero como susurrando, y yo tenía el tiempo de conversar
con Abril.
Me acerqué sigilosamente, sin ánimos de
asustarla.
- Abril – le dije y ella giró su rostro para
regalarme una mirada de miel, sospeché que me desvanecería de nuevo, pero no
podría, no después de tantas emociones durante el día – Qué intenso tu trabajo
¿eh?
- Bueno, no fue un día particular tampoco.
- Oye, gracias.
- De nada – Su voz tenía un eco especial cuando lo
escuchaba, me sentía su paciente siendo calmado y sosegado con su voz, listo
para tomar cualquier medicina que me diera.
- Bueno, todavía es mediodía. ¿Te gustaría comer?
- Espérame un momento ¿sí? – Me parecía que estaba
siempre con una respuesta diseñada para mi pregunta, sentía que no podía
sorprenderla, al menos por ahora que no la conocía mucho.
Visitó a cada paciente como saludando y como
observando su estado, se dio cuenta de su condición y se acercó a una de las
enfermeras que también estaban en el turno, le dijo algo al oído, su amiga
volteó y me miró luego se rieron juntas y le abrazó. Abril se acercó.
- Tengo quince minutos – dijo y salió caminando
rápido. Le seguí.
Habíamos llegado al puerto, Rodrigo con
sus manos blancas enlazaba con rapidez el anzuelo y el nylon, luego le ponía la
carnada y ajustaba el plomo para que se pueda realizar una buena pesca. Me dio
mi anzuelo, ya listo para lanzar al mar y preparó el suyo. Luego me enseñó la
técnica para pescar mientras yo sentía que era torpe en mis movimientos y medía
mis pasos en el muelle pues sentía que de un momento a otro las tablas que me
sostenía cederían y caería al mar. Sus ojos se llenaron de recuerdo juvenil,
lozano y enérgico mientras continuaba con su historia y mirábamos el horizonte
del mar de una forma particular, desde el inicio de la orilla continuando el
litoral hasta perder de vista el último pedazo de playa, mirábamos el mar de
costado no de frente como los demás mortales en la playa. El romper de las olas
nos dejaba una música única que nos relajaba y permitía a Rodrigo ser más
detallado mientras me narraba su vida y me mantenía lúcido por si sentía algún
tirón en la línea de pescar. Miraba la orilla con ánimo de entender porqué me
quedaba en ese momento escuchándole al delgado anciano de barba poblada y
blanca que me hablaba entre sonrisas de nostalgia y vislumbres de pasado.
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