Esa noche encontré a mi madre con los
ruleros puestos, como solía usarlos cuando mi padre no llegaba a casa. Me miró
y me preguntó por mi trabajo. Le contesté que todo ya estaba por terminar y que
pronto estaría recibiéndome de Contador. Me dijo que mi hermano había llamado y
que pronto estaría regresando de Lima, por sus vacaciones. Papá llegaba a casa
mientras subía las escaleras a mi recámara. Le saludó a mi mamá y me llamó a
comer. Comimos sin mencionar ni una sola palabra. Nuestra casa era sumamente
silenciosa desde que mi padre había tenido aquel accidente en la empresa donde
trabajaba, aquel accidente que el destino le permitió tener para que, por fin,
después de treinta años de servicio el pudiera conseguir aquel puesto anhelado,
tan sólo un puesto encima del anterior, un puesto administrativo, uno que le
permitiría ver a sus subordinados desde la altura que le daba un terno y ya no
el uniforme usual de capataz. Ese puesto le costó unos dedos, ese puesto le
costó no sólo a él, sino a nosotros también, el silencio absoluto en la casa, el
silencio que nos conferían la repisa, las sillas, las mesas, las escaleras que
él mismo había fabricado, con fino acabado, con delicados detalles, con
decorados que mi madre había puesto para darle el toque femenino a la obra que
mi padre había soñado tener desde que eran jóvenes. Aquella pérdida de sonido,
aquella imposibilidad de hacer sus actividades cotidianas a mi padre, nos daba
un ambiente algunas veces denso que no podíamos quebrar, porque sentíamos que
era muy frágil. El carácter de mi padre había cambiado mucho después de que
ocurriera su acenso, se hizo más desconfiado en el trabajo, se hizo muy duro
con los trabajadores, cambió mucho y no podíamos tocar algún tema de
conversación porque siempre, de algún modo, llegaríamos al tema de la madera, de
las sierras y de los dedos perdidos, antes de eso era mejor el silencio que
ocupaba todo el recinto, ocupaba y no nos dejaba respirar. Quizás por eso yo
deseaba estar fuera de casa casi siempre, quizás por eso mi mamá quedaba en
casa abnegada, esperando a que por arte del destino mi padre llegara y le
mirara como antes le miraba, le sonriera como antes le sonriera y ella pudiera
al fin, respirar.
Pero finalmente Juan vendría de Lima, le
devolvería sonido a su recámara, aquella que quedó solitaria por mucho tiempo,
en la cual mi madre lloró extrañándole en silencio, rogando a los santos que lo
cuiden, que lo protejan de los peligros no conocidos de la capital, de algún
astuto ladrón que se encontrara con él durante el viaje. Juan enviaba cartas,
cada cierto tiempo. Esas cartas las leía primero mi madre, las esperaba con
mucha paciencia, como apurando al cartero, como llamando al viento para que
trajera la voz de su hijo mayor consigo. Mi padre llegaba casi siempre con el
silencio a cuestas, dispuesto a desempacar su silencio una vez que cruzara el
dintel de la puerta principal de nuestra morada. No deseaba hacerlo, pero
parecía que nosotros ya estábamos esperando que desempaque aquella ausencia de
sonido que llevaba a todas partes. Mi madre estiraba su brazo en medio del
silencio y mi padre cogía el sobre con su mano completa, leía el contenido y
esbozaba una sonrisa detrás de su bigote tupido, yo bajaba de mi recámara y me
miraba con ojos de nostalgia, me entregaba la carta y subía las escaleras a
buscar a su hijo viajero en el recuerdo de su habitación, en el sonido de las
ventanas cuando se abrían, en el susurro del viento cuando ingresaba a la casa.
Esa era mi familia hasta entonces, cuando teniendo nuestro primer teléfono
llegó la llamada de mi hermano. Sonó y fue un sonido que se escuchó y quebró el equilibrio silente que habíamos
mantenido hasta entonces, mi madre se asustó y llegó corriendo con las manos
aún mojadas pues le había cogido por sorpresa el timbrar del nuevo aparato
mientras lavaba las verduras.
- ¿Aló? – dijo escuchando su voz como si estuviera en
una de las películas del cinema.
- ¿Aló? ¿Mamá? – Contestó Juan, en medio de un
barullo particular que se escuchaban en los auriculares de aquel entonces.
- ¡Hijo! ¡Estás ahí! ¡Qué alegría escucharte!
- Si mamá ¡Qué bueno escucharte también! Te quería
decir que voy a ir a Chiclayo en una semana.
- Hijo mío ¡Qué gran noticia! – Lo dijo casi
sollozando.
- Si mamá partiré en una semana, Ya falta poco para
vernos. Los quiero a todos. Adiós.
- Chau hijito, cuídate mucho durante el viaje.
Esa comunicación había sido todo. Después
el silencio volvió a su equilibrio.
Los ojos de Rodrigo se llenaron de
lágrimas pequeñas, mientras me contaba la historia de su familia. El cielo ya
había caído en una oscuridad plena y estábamos nuevamente en aquella rotonda
donde nos habíamos conocido. Donde él había paseado con Abril tantos años
atrás. Donde se despidieron esa noche de la primera cita. Donde en algún
momento el regresaba y pensaba en lo que le había acontecido hasta entonces,
tal vez vio ese parecido en mi, cuando pensaba en el horizonte, cuando el
puerto se escondía tras el velo de la neblina y el día así parecía estar feliz.
Rodrigo simplemente vio en mí a un muchacho que se parecía mucho a él, a un muchacho
que mantendría su historia a salvo. Esa noche me quedé con muchas preguntas en
la cabeza. La mayor de todas: ¿Qué sucedió después? Esa noche me dijo que al
día siguiente estaría en la mañana caminando por el balneario como siempre lo
hacía, repasando en su longitud, la historia de su vida. Y ahí lo encontré al
día siguiente.
La mañana estaba particularmente fría.
Será la estación, pensé. Llegué corriendo contra la brisa, con mis orejas y
manos frías. Estaba ahí, sentado, sabía que yo llegaría, sabía que tendría que
contarme muchos episodios de su vida, sabía que yo esperaría el tiempo que sea
suficiente para que termine su historia. El con su peculiar mirada calma,
nostálgica, me examinó y me dijo:
- Muchacho, debes tener hambre.
- Un poco – le respondí un poco incómodo.
- Entonces vamos a comer- dijo abriendo sus ojos
grandes y adelantando el paso hacia un restaurante.
Nos sentamos a la mesa, me pareció que le
gustaba contar historias mientras comía pues lo mismo sucedió el día anterior.
Se irguió sobre su tronco observando alrededor y llamó al mozo, le pidió
pescado frito con arroz y un café ralo para acompañar, por mi parte le pedí
café con leche y un pan con queso. Y mientras esperábamos el pedido, comenzó a
contarme una vez más.
Al día siguiente fui a buscar a Abril al
hospital. Sentía que podía sorprenderla dado que la conversación del día
anterior nos había dado la suficiente privacidad para considerar que nuestra
relación podía ser una situación viable. Me vestí de la mejor manera posible.
Pantalón oscuro, camisa blanca, un sombrero y una sonrisa grande. La observé
por la ventana que daba hacía el recinto de emergencias, donde ella estaba
atendiendo al señor que hacía sus berrinches cada fin de mes para comer mejor.
No me vio pues estaba muy enfocada en su trabajo. Esperé hasta que sea hora de
comer y entré en el recinto para saludarle, ella terminaba de atender al
paciente que estaba cerca de la entrada. Giró y me encontró, se sorprendió y
con sus ojos negros me contó historias secretas. Le dije que quería comer de
nuevo con ella ese día. Ella me miró de costado como sospechando mis
intenciones y yo le miré fijamente para que se de cuenta que estaba ahí sólo
para acompañarla. Accedió y sólo esbozo una sonrisa media y una mirada de reojo
para llamarme a conversar a la mesa donde comimos la primera vez.
- Rodrigo, creo que no debemos conversar muy seguido.
Sabes, ayer en la tarde no esperaba decirte eso pero en algunos momentos llegué
a sentirme culpable si es que lago malo llegara a suceder. Tú no sabías nada
sobre lo que pasaba en mi casa y poco o nada hubieras podido contestarle a mi
tío… – empezó como para dejar en claro que probablemente esta sería una de
nuestras últimas conversaciones, si no hacía algo pronto. Su tío, el bibliotecario,
era un poco rígido dado que ella había llegado a Chiclayo con el objetivo de
terminar sus estudios y ser la mejor enfermera del norte, esto además implicaba
que no podía andar en amores con muchachos “hasta que tenga edad suficiente”.
- Pero Abril, sabes que esto tiene solución.
- ¿Tú crees? La única solución que puede haber es que
tú le digas a mi tío que quieres ser mi amigo y por lo tanto él pensará que me
pretendes y te controlará mucho, hasta incomodarte.
- Mmm, no creo que pueda ser muy incómodo, además si
me llego a ganar su confianza incluso podremos ser muy buenos amigos, sin que
sospeche algo de mi ¿Qué opinas?
- No sé…
- Vamos déjame intentarlo.
- ¡No! No Rodrigo, no ahora.
- Pero sino ¿cómo podremos conversar más?
- Es que hay otras cosas más que debes saber.
Espérame mañana en el muelle, ahí te explicaré todo con tranquilidad y si
deseas luego te aventuras a conversar con mi tío ¿te parece?
- Está bien.
Se despidió rauda, el sol cayó sobre la
piel canela de sus hombros mientras caminaba por el corredor hacia el recinto
donde trabajaba. Me quedé observando su caminar, escuchando el eco de sus pasos
en el ambiente. Pero me dejó consternado respecto a aquello que debo saber. No
se trataba de ella, me parecía que se trataba más de su tío, o algo mucho peor,
de mi.
Ese día lo pasé entero especulando sobre
cómo podría reaccionar el tío de Abril si me adelanto y me presento como el
amigo de ella. O cómo reaccionaría Abril después enterándose sobre mi intención
de que las cosas se pongan mejor o intentando darle la sorpresa, por algo ella
me advertiría que no le dijera nada a su tío, por el momento. Si supieras todas
las conjeturas que me hice esa tarde y la mañana siguiente, tal vez terminarías
muerto de risa o de preocupación. Fue un día en el que de pronto me quedaba
pensativo,
El muelle estaba radiante, el sol caía
como en días de verano, esperaba justo donde nos despedimos aquel día de las
revelaciones. Ella llegó al mediodía. Me tocó por la espalda y al girar me
señaló con su mirada por donde quería caminar, por la orilla, como evitando al
mar pero estado muy de cerca a él. Durante el camino me explicó que los planes
que se había trazado mientras dejaba su tierra y venía a Chiclayo para estudiar
enfermería eran inmutables, venía a estudiar y hacerse profesional, no había
otra razón por la cuál venir a Chiclayo, sin embargo mis intenciones eran
quiera o no una amenaza para los objetivos que ella tenía, yo la cortejaba y
ella no podía dejar que yo continúe. Su tío se percató de aquello mientras ella
salía de la biblioteca aquel día que llegó tarde a casa, yo al seguirle también
había colaborado en sus sospechas y esa noche habían conversado del tema, de
que ella tendría que enfocarse en estudiar para ayudar a su familia y no a
buscar pareja. Por mi parte, no sabía qué hacer o decir, mis intenciones fueron
transparentes desde un principio, pero no fui por la vía regular. El señor
Valdivieso, tío de Abril, estaría pronto cuidándole, verificando que no cambie
de parecer en el tiempo que conversaba conmigo esa tarde.
Le dije que estaba dispuesto a continuar
si así lo deseaba, que esperaría si fuera necesario, y que ayudaría en cuanto
necesiten de mi ayuda. El dinero no sería problema pues mi padre estaría en
esos mismos instantes conversado con los Mendoza para que yo empezara a
trabajar en su empresa ni bien me reciba de contador. Juan llegaría pronto y me
apoyaría también en el trabajo así que no tendría límites para otorgarle lo que
necesite. Ella me escuchó atentamente, parecía que hasta su peinado entendía lo
que le estaba comentando. Pero luego de mi discurso, bajo la mirada y me dijo
que sería mejor encontrarnos dentro de un año. Y se fue. Abril sentía una
presión por el deber que tenía con su familia, no deseaba defraudarles. Claro,
era probable que quisiera empezar a conocerme para iniciar una relación, pero
no podía arriesgar ahora que estaba pronto a terminar su carrera en un año. No
podía poner en el peligro el futuro de su familia, menos el de su hermano
pequeño.
Durante esos días mi mente divagaba en
cómo estaría Abril, cómo le estaría yendo en el hospital, por momentos me
devenía un interés irrefrenable por visitarle al mediodía para conversar, para
contarle sobre mi, para cantarle valses, para enviarle cartas secretas. En unas
dos oportunidades tuve que pasar por aquella ventana del hospital mientras iba
camino a la municipalidad en la Av. Balta. Me precipitaron las ganas de
visitarle, de asomar mi silueta por la entrada del recinto de emergencias, pero
sabía que no debía hacerlo, no más.
Un día de aquellos en los que iba camino a la playa,
tuve que pasar por la biblioteca, decidí entonces cruzar la calle para no tener
el arrebato de querer visitarle en el lugar más difícil que podríamos
encontrarnos. Empecé que me estaba mirando a través de la ventana, con aquel
libro celeste que le gustaba leer recordando a su mamá recostando su cabeza
cerca de la ventana o dejándose bañar por la luz que descendía de ella. Un día
de aquellos crucé para no evitarle, pero no fue posible. Vi una figura que se
acercaba hacia mí. Sentí que me miraba, me examinaba, a pesar de no estar
frente a aquella persona, el sólo hecho de sospechar que me estaba mirando y se
dirigía hacia mi me hacía pensar que debía correr. Me tomó por el hombro. Giré.
Una sensación de frío se apoderó de mi
espalda y sólo atiné a decir:
- Buenos días, señor Valdivieso…
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