El sol salió. Las cortinas de la casa se
abrieron, mis padres estaban preparados desde la noche anterior, sus mejores
ropas ya estaban esperando para el gran suceso de aquel día. Mis zapatos
también me esperaban, nuevos, sin haber sido usados, para ir a ver a mi hermano
que regresaba de Lima, exitoso, con grandes noticias. Ese día el desayuno se
sirvió muy temprano, mi padre se sentó bien vestido y preparado. Mi madre se
quitó el delantal y vi que ya estaba preparada también. Desayunamos sin
mencionar alguna palabra, sólo al final mi mamá hizo un comentario que me dio
un sentido de alarma. “Juan, llega hoy”. Esto suponía todo un suceso en la historia
de nuestro hogar, pues Juan regresaba de Lima, después de haber terminado la
universidad, después de haber triunfado. No venía para buscar trabajo sino para
fundar su propia empresa, el negocio De la Torre Martinez sería el mejor de
Chiclayo y sus alrededores, al mando de mi hermano y con mi habilidad para la
contabilidad seríamos los mejores. Incomparables.
Regresando a la realidad, fui corriendo a
mi dormitorio. Hace mucho que las cosas de Juan estuvieron guardadas en el
ático, recordé dónde estaban su buró, su cómoda, su guitarra, el escritorio
donde hacíamos la tarea y que un día rompimos ya después que la polilla había
hecho de las suyas. Me alisté. Miré de reojo el espejo y supuse que estaba
presentable. Bajé corriendo las escaleras y alarmé a mis padres para ir rápido
a la estación de carros para encontrarnos con mi hermano. Ya estaban afuera con
las puertas de nuestro carro abiertas listos para ingresar. Me esperaban con
impaciencia. Mi padre manejó sin hablar, mi madre miraba la carretera a su lado
y parecía repasar en su memoria las historias de mi hermano, sus travesuras de
niño y mis peleas con él. El viaje se me hizo largo porque no sabía si estaba
despierto o aún durmiendo, yo también repasaba las historias que me contaba en
las noches que no teníamos sueño después de haber jugado fútbol en la orilla de
la playa y luego haber ido a pescar con anzuelo al muelle. Aquellas historias
de terror que contábamos o las veces que deliraba por la chica que le gustaba
una niña de cabellos dorados que sólo nos miraba jugar en la calle porque sus
padres, unos “gringos” que habían llegado para ver cómo iba la empresa donde
trabajaba mi padre, no le permitían salir dado que se iban a quedar por poco
tiempo y no querían que sufriera haciendo amigos y luego despidiéndose de
ellos. Mi hermano le miraba cuando regresábamos de jugar y ella abría su
ventana de bordes blancos para saludarle con sus ojos, pocas veces cerró la
ventana apurada y se escondió. A mitad de mi recuerdo recordé las palabras del
Señor Valdivieso en la conversación del día anterior.
- Abril, es muy inteligente – me dijo - y emocional,
no deseo que sufra por un muchacho de buen vestir y galante mirada. Su familia
a sufrido mucho, no necesita ilusionarse, luego decepcionarse y sufrir más.
Sentía que finalmente comprendía a mi
hermano en aquellas conversaciones insomnes cuando se preguntaba el porqué de
su desdicha de no conversar con su musa de cabellos dorados. Estaban muy cerca,
podían comunicarse, pero las reglas de la sociedad les impedían hacerlo. Las
creencias de sus padres, de sus familiares les distanciaban, los alejaban tanto
que sus miradas deseaban encontrarse y a la vez no verse para no sufrir. Al
parecer mi hermano fue muy precoz pues a los quince años ya quería empezar una
relación. Pero pude comprenderle, pues me tocaba ahora a mí siete años después
vivir algo parecido. Sin embargo, la conversación con el señor Valdivieso no
terminó ahí.
- Les voy a permitir conversar un tiempo – continuó –
pero sólo en la biblioteca, donde les pueda ver. Tengo esperanza que tú puedes
ser diferente, pero si veo algún intento de propasarte con mi sobrina, entonces
me conocerás.
Aquellas palabras me daban tranquilidad
aparente, pues no sabía la opinión de Abril respecto a aquello. Al menos,
estaría un poco más cerca de lo que mi hermano con su amor platónico de la
adolescencia. Sonreí a medias y mi padre me preguntó.
- ¡Qué pasa! ¡Al parecer estás feliz!
- Eh… sí, me estaba acordando de cuando jugábamos
fútbol con Juan, era muy divertido. Ojalá el domingo podamos ir a jugar un
poco.
- ¿Estás ido? ¿No sabes que tu hermano está viniendo
para trabajar? Ni este domingo, ni ninguno otro, hasta que la empresa De la
Torre Martinez no esté bien establecido en Chiclayo y todo el norte. Me has
oído
- Ya, tranquilo amor – intervino mi madre – no tienes
porqué ser tan radical.
- Está bien, lo tomaré como un comentario al aire.
Me di cuenta que mis padres estaban muy
emocionados, o a lo mejor alterados, por la llegada de mi hermano. Juan, un ser
humano con mucha energía y con ganas de querer hacer de todo. Recordé que un
día él le envió un avión de papel con una nota a su amiga de la ventana con
bordes blancos, esperando encontrar de esa forma un medio para cristalizar sus
intenciones y que su relación pueda ser viable en el futuro. “Quieres ser mi
amiga” escribió y le envió calculando la extensión de su brazo al darle
propulsión al vehículo donde viajaba su mensaje de amistad. El avión regresó
unos minutos después “I don’t understand” decía en letra corrida que después mi
hermano apreció y admiró en las personas que veía escribir parecido ya siendo
profesional. Él tampoco entendió el mensaje, así que fue a casa y buscó un
diccionario donde pueda identificar las palabras que se veían sonrientes en
aquella forma de escribir. Encontró en el diccionario que la palabra “I”
significaba “yo”, luego no encontró “don’t”, y “understand” significaba
entender. Supuso que significaba “Yo don’t entender”. Busco “amiga” encontró
“friend”, fue la única palabra que escribió. Salió para darle el mensaje y se
percató que el camión de mudanza estaba empacando las pocas cosas que habían
traído los “gringos”. Se acercó al camión y observó a los padres de su amiga
que estaban intentando entenderse con el señor de la mudanza y aprovechó en
entrar en la casa buscándole. Al ingresar y encontrar el recinto vacío supuso
que no estaba haciendo nada malo, subió las escaleras y se encontró con su
amiga de cabellos dorados que era más alta que él. Le entregó el papel con la
nota. Ella leyó “Friend”.
- Yes, we can be
friends.
- Yes! significa
si… yeee…
- I’m leaving to USA today. But
I will come back, to see you my friend, someday.
- Friend! Si, amigos.
- Goodbye – Y le dio un beso en la mejilla.
- ¿Goodbye? No, no ¿Qué significa?
Se retiró con una mirada de despedida y
le dejó a mi hermano con la nota de papel en su mano y bajó las escaleras. Mi
hermano le miró cómo bajaba y entendió que significaba “goodbye”. Fue la mejor
lección de inglés que tuvo. A partir de entonces, se motivo para estudiar
inglés en el colegio. Y fue también en ese momento cuando mi padre, detuvo el
carro y salió apurado para ver llegar a su hijo. Juan aún no llegaba y los
carros que venían de Lima hacían cola para luego partir el mismo día en la
tarde, no eran muchos. Esperamos unos diez minutos, me imagino que debió
parecerles más tiempo a mis padres, que con la mirada exhausta de traer al presente
a Juan imaginando que llegaría en el segundo siguiente, preguntaban si tenía
hambre o si deseaba hacer algo más. El carro llegó, observamos una sombra,
aparentemente ese sería Juan. Las sorpresas no se dejaron esperar. El rostro de
Juan había aumentado en años debido a las arrugas que tenía. Llegaba con una
sonrisa única, la mirada cansada y a la vez alegre de vernos de nuevo. Sus
acompañantes bajaron y la puerta de él no se abría. Una señorita que bajó del
lado opuesto a él, se acercó a la puerta y la abrió, ya para eso mis padres
estaban muy cerca para recibirle en un abrazo guardado por muchos años en el
baúl de las emociones. Juan, les hizo una señal con la mano para que le
esperaran a unos dos o tres metros antes de llegar a la puerta. Un señor se
acercó a la parte de atrás del auto y abrió la maletera, de ella sacó lo que
parecía un instrumento de metal que se dispuso a armar. Era una silla de
ruedas.
Rodrigo, con la voz firme y la mirada
perdida en el tiempo, recordaba ese momento nítidamente. El desayuno, estaba
aún a la mitad y el mar afuera empezaba a distraer el sonido de sus olas, con
el de las personas que venían a visitar la fría y nublada playa. Rodrigo, me
explicó entonces lo que había ocurrido con su hermano y la reacción de sus padres.
Los ojos de mis padres expresaban
consternación, era sumamente inaceptable que aquella silla de ruedas estuviera
destinada a llevar a mi hermano. No sabían qué hacer, sentían que su hijo había
llegado, pero no sentían el mismo deseo de abrazarle, de quererle, de
preguntarle cómo estaba. Fue muy duro asimilar aquella circunstancia, creo que
tomo mucho tiempo. Juan, su primogénito, aquel muchacho que corría en la playa
feliz enfrentándose a las olas ahora estaría destinado a sólo observar desde su
silla la orilla y no volver a sentir el placer de hundir sus dedos en la arena.
Se acercaron y le agradecieron al señor y a la señorita por su gentileza.
- Mamá, papá, ella es mi esposa Liz y su padre, el
doctor Cristóbal Céspedes.
La estupefacción, no se dejó esperar y
traslucir en el rostro de mi padre, mi madre por su parte estaba más preparada
para las noticias repentinas.
- Buenos días, doctor Céspedes, disculpe la
descortesía. Hola Liz ¡que buena noticias hijo! Ahora ya tenemos nueva familia,
mi nuera y nuestro consuegro nos han venido a visitar también. – Lo dijo,
escudriñando cada detalle del vestido que llevaban y dirigiéndole una mirada de
alerta a mi padre para que cambie de rostro.
- Buenos días doctor y buenos días señorita Liz. ¡Que
grata sorpresa! Nos sentiríamos muy agradecidos de que pudieran acompañarnos a
nuestro hogar para conocernos y enterarnos de lo último que está aconteciendo
en Lima. Por favor, yo les guiaré con mi vehículo. – Hacía lo mejor por parecer
refinado aunque sus ojos delataban que su sorpresa no terminaba.
Ya en el auto, mi padre no mencionó
muchas palabras sino sólo para corroborar las frases de mi mamá.
- Hijo, cuéntanos ¿Cómo estuvo el viaje?
- Bueno, estuvo algo agotador porque el camino no es
muy bueno, hay tramos donde la carretera aún está afirmada y estábamos saltando
en el carro. Liz, me sostenía para que no me cayera.
- ¡Oh! Entonces debemos prepararnos para cuando
debamos ir a Lima a conocer a la familia Céspedes. ¿Verdad, José?
- Si, mujer. – Replicaba mi padre entre dientes.
- Bueno, creo que no va a ser necesario. Mi suegro
perdió a su esposa hace tres años. Ellos han decidido a venir a vivir acá, a
Chiclayo. Bueno, en realidad yo tendré que vivir con ellos. Me entenderán.
- Si, hijo, entendemos. Lo que no entendemos es
porqué no nos avisaste que te ibas a casar, por lo menos para visitarte o para
enviar un regalo de bodas.
- Es que las cosas pasaron muy rápido, mamá. Cuando
estemos en casa te lo contaré.
Al explicar sus razones parecía que le
faltaba algo, no tenía la misma energía en sus gestos. Esperaba verlo de una
forma y al no poder hacerlo, me parecía tanto como a mi padre, creo, que Juan
había sufrido mucho y no podía entender su situación, me negaba a aceptarlo así
como lo veía. Durante el camino, mi hermano comentó sobre su trabajo en Lima,
sobre cómo le fue en la carrera de Administración y los cambios políticos y
algunas noticias que afectaron al país y nosotros no estábamos lo
suficientemente enterados. También nos habló sobre la empresa del doctor
Céspedes, una clínica que era prestigiosa y que tenía mucho interés de buscar
nuevos horizontes, y qué mejor que en el norte del país, donde los problemas
políticos, aparentemente, no estaban tan graves. Mi padre por su parte, miraba
por el espejo retrovisor al doctor y su hija interesado en lo que podrían estar
conversando.
Cuando llegamos a casa, las cosas se
fueron asimilando cada vez mejor. Al conversar con el doctor, mi padre se
sintió más cómodo aquel silencio que llevaba a cuestas cuando llegaba a casa se
esfumó de pronto porque entre las anécdotas que el doctor contaba sobre su
trabajo administrando la clínica y las risas de mi padre no dejaban espacio
para que aquel silencio incómodo se colara entre la conversación, por otra
parte mi madre conversaba con Liz, conversando sobre algunos consejos para
cocinar. Mientras tanto, mi hermano me contaba los planes para abrir una nueva
clínica en Chiclayo y enseñarme los procesos que tendría que seguir como su
subordinado en la empresa pero a la vez a cargo del área contable. Pronto nos
olvidamos de las noticias precipitadas y empezamos a asimilar la situación. Mi
padre acababa de recordar que la casa con ventanas blancas del vecindario,
había quedado en venta pues sus dueños estaban planeando viajar a Italia.
Sugirió entonces ir a visitar aquella casa de modo que aprovechaban también
para dar un paseo por el vecindario. Y así se hizo.
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