3.5.12

Abril - La señorita Céspedes (Cap. 9)


Elizabeth Céspedes. Ya te había comentado que era delgada, blanca y pecosa. Pero eso no era todo. Era una de las señoritas que en su estrato social era muy apreciada y respetada pues había sido privilegiada con las mejores dotes de elegancia y hábitos de etiqueta social que no le incomodaban en nada demostrar. Su madre hija de apellido reconocido le enseño todo cuanto pudo antes que el cáncer acabara poco a poco con su vida, algunos en su velorio dijeron que era un ángel que había sido enviado para iluminar más el nombre de su familia. Nunca se supo de un error, un desaire o falta de cortesía de parte de ella, menos debería ocurrir algo con su hija a quien se había dedicado desde niña y de quien año tras año colgaban un cuadro con acabados del mejor ebanistero de Lima y la fotografía del mejor fotógrafo de España cuyas vacaciones de otoño coincidían con el cumpleaños de su amiga entrañable, la madre de Elizabeth. Era toda una ceremonia, un protocolo, una costumbre que venía de cuatro generaciones antes, claro está que antes era con pincel en mano, algo que con el tiempo llegaron a considerar anticuado dado que el acabado del revelado por parte del fotógrafo le daba luz y profundidad a la imagen.

Juan, sin saber de los detalles de tal costumbre, yaciendo en su lecho de recuperación cuando por casualidad se aparecía la bella señorita de pecas aprovechaba para enviarle una mirada de las que se pudo haber percatado Elizabeth aún así hubiera estado al otro lado del pasillo, pues esa mirada era un legado de los De la Torre, el mejor legado que pudieron dejar porque después no dejaron nada sino sólo las ansias de progresar. Elizabeth, giraba su delgadez y le miraba de reojo a mi hermano que no escatimaba ni en un grado el ángulo de su mirada.

Un día, Elizabeth, cuando consideró suficiente galanteo absurdo se acercó al lugar dónde estaba mi hermano. Lo miró fijamente y sin decir una sola palabra se acercó, y quedaron frente a frente. Le dio una mirada de odio profunda. Arrugó su nariz de la ira. Y Juan, sin pensarlo más y antes de darse por vencido. Hizo el mejor intento para que su columna le ayude a acercarse más, un poco más. Logró darle un beso tierno, pequeño, y por cierto muy osado. Luego el dolor inundó su espalda como cuando un riachuelo se desborda y crea vertientes sinuosas pequeñas. Gritó. Las enfermeras llegaron a atenderle, llamaron a los técnicos para que lo tranquilizaran y en menos de un cuarto de hora estaban todos alrededor de Juan, incluyendo el Doctor Céspedes, esperando que los dolores calmen.
- Hija ¿Qué pasó?
- Nada papá, el joven me pidió que le ayudara a acomodarse y de pronto se empezó a retorcer del dolor. Me dio mucho miedo.
- Bueno, sabes que no puedes acercarte a los pacientes, mejor me hubieras llamado.
- Es que pensé que podía solucionarlo sin preocuparte – Y le regalo una sonrisa de niña buena, con la que de infante conquistaba chocolates y algodones de azúcar bajo la condición “este será un secreto entre tu y yo, tu mamá no sabrá nada ¿ya?”, claro que después las madres siempre llegan a saberlo todo.

A ese punto de la historia Rodrigo y yo habíamos llegado a Lambayeque. Al Museo Brunning donde se presentaban las costumbres de la cultura mochica, una de las culturas que represento su estilo de vida y creencias en las paredes de sus edificios sagrados, en cerámicas, en su vida diaria. Nos enteramos del descubrimiento del Señor de Sipán por uno de los arqueólogos más representativos del Perú, Walter Alva. Al salir, fuimos a probar unos trozos de King Kong un postre típico de Lambayeque que consta en dos o tres galletas y entre ellas majar blanco y mermelada de naranja, piña u otras frutas. Por supuesto sólo fueron unos pequeños trozos porque un King Kong es muy grande para comerlo sólo, a no ser que el dulce es una de tus debilidades en la comida. Después al pasear por el parque. Rodrigo prosiguió.

Desde ese incidente, Juan tuvo mayor interés en continuar echando miradas fijas e incómodas a Elizabeth. Elizabeth por su parte empezó a pasear más seguido por el pasillo del hospital, no sé si para llegar un día a demostrarle a su padre que ese joven del accidente era muy molestoso e insolente o si para responderle con una mirada con más odio. Sus encuentros eran una batalla de miradas, al parecer ambos disfrutaban odiándose y al pasar los días lo hacían más y más.

Después de tres meses de constante lucha a distancia. Elizabeth llegó, como de costumbre, a las tres de la tarde al hospital. Fue a través de los pasillos que ya conocía de memoria. Si le preguntaban el porqué de su visita ella diría que estaba yendo a visitar a una abuelita que había estado perdiendo poco a poco su memoria y que era familiar de una amiga de la universidad. Claro su objetivo no era sólo ese. Cruzó el pasillo que daba para la recamara de Juan, preparó su mirada de odio de los jueves. Se acercó a la ventana. Y no encontró nada. Juan no estaba, se había ido. Entró para cerciorarse que no había nadie. Estaba en lo correcto. ¿Dónde se lo habrían llevado? ¿Qué habría pasado?

En ese instante su padre ingresó y dijo:

- Como un fantasma, desapareció
- ¿Ah?
- Juan, así se llamaba el muchacho y desapareció como si fuera un fantasma. Sólo vieron que dos sombras de hombres salían por la puerta principal a medianoche.
- Pe… pe… pero, ¿Por qué? ¿Cómo se lo llevaron en ese estado?
- Lo que sospechamos es que pudo ser su tío, Francisco Giménez. Aquella vez del accidente, le pedí conversar para explicarle la gravedad del asunto, le expliqué sobre su proceso de recuperación y del pronóstico de recuperación. Él sólo me hablaba de la reparación de los daños causados a su sobrino y de la empresa que emprendería con el fin de desprestigiarme sino le daba lo que pedía. Le respondí que no le temía y que tendría que explicar mucho a la familia de ese joven por su conducta altanera y despreocupada. Bueno, al parecer ideó una forma de ponerme en jaque. Pues con esta noticia la prensa vendrá a averiguar si, en efecto, se ha perdido un paciente de esta clínica.
- Oh no. ¡Papá!

Efectivamente, Juan estaba secuestrado en su propio dormitorio en época de universidad. Su tío, nuestro tío, había develado por fin quien era y qué intenciones tenía al parecer preocupado aquel día después del accidente. Su dolor en la espalda estaba incrementando debido a la posición incómoda en la que se encontraba, echado sobre un catre. No había forma de escape pues no podía caminar firme, aún.

Antes que mi tío, nuestro tío, Francisco Giménez hiciera algún movimiento, el Señor Céspedes decidió realizar un comunicado a toda la prensa con el objetivo de mitigar los rumores y pedir ayuda a las autoridades. Pero nada sería tan fácil como parecía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario