Elizabeth Céspedes. Ya te había comentado
que era delgada, blanca y pecosa. Pero eso no era todo. Era una de las
señoritas que en su estrato social era muy apreciada y respetada pues había
sido privilegiada con las mejores dotes de elegancia y hábitos de etiqueta
social que no le incomodaban en nada demostrar. Su madre hija de apellido
reconocido le enseño todo cuanto pudo antes que el cáncer acabara poco a poco
con su vida, algunos en su velorio dijeron que era un ángel que había sido
enviado para iluminar más el nombre de su familia. Nunca se supo de un error,
un desaire o falta de cortesía de parte de ella, menos debería ocurrir algo con
su hija a quien se había dedicado desde niña y de quien año tras año colgaban
un cuadro con acabados del mejor ebanistero de Lima y la fotografía del mejor
fotógrafo de España cuyas vacaciones de otoño coincidían con el cumpleaños de
su amiga entrañable, la madre de Elizabeth. Era toda una ceremonia, un
protocolo, una costumbre que venía de cuatro generaciones antes, claro está que
antes era con pincel en mano, algo que con el tiempo llegaron a considerar
anticuado dado que el acabado del revelado por parte del fotógrafo le daba luz
y profundidad a la imagen.
Juan, sin saber de los detalles de tal
costumbre, yaciendo en su lecho de recuperación cuando por casualidad se
aparecía la bella señorita de pecas aprovechaba para enviarle una mirada de las
que se pudo haber percatado Elizabeth aún así hubiera estado al otro lado del
pasillo, pues esa mirada era un legado de los De la Torre, el mejor legado que
pudieron dejar porque después no dejaron nada sino sólo las ansias de
progresar. Elizabeth, giraba su delgadez y le miraba de reojo a mi hermano que
no escatimaba ni en un grado el ángulo de su mirada.
Un día, Elizabeth, cuando consideró
suficiente galanteo absurdo se acercó al lugar dónde estaba mi hermano. Lo miró
fijamente y sin decir una sola palabra se acercó, y quedaron frente a frente.
Le dio una mirada de odio profunda. Arrugó su nariz de la ira. Y Juan, sin pensarlo
más y antes de darse por vencido. Hizo el mejor intento para que su columna le
ayude a acercarse más, un poco más. Logró darle un beso tierno, pequeño, y por
cierto muy osado. Luego el dolor inundó su espalda como cuando un riachuelo se
desborda y crea vertientes sinuosas pequeñas. Gritó. Las enfermeras llegaron a
atenderle, llamaron a los técnicos para que lo tranquilizaran y en menos de un
cuarto de hora estaban todos alrededor de Juan, incluyendo el Doctor Céspedes,
esperando que los dolores calmen.
- Hija ¿Qué pasó?
- Nada papá, el joven me pidió que le ayudara a
acomodarse y de pronto se empezó a retorcer del dolor. Me dio mucho miedo.
- Bueno, sabes que no puedes acercarte a los
pacientes, mejor me hubieras llamado.
- Es que pensé que podía solucionarlo sin preocuparte
– Y le regalo una sonrisa de niña buena, con la que de infante conquistaba
chocolates y algodones de azúcar bajo la condición “este será un secreto entre
tu y yo, tu mamá no sabrá nada ¿ya?”, claro que después las madres siempre llegan
a saberlo todo.
A ese punto de la historia Rodrigo y yo
habíamos llegado a Lambayeque. Al Museo Brunning donde se presentaban las
costumbres de la cultura mochica, una de las culturas que represento su estilo
de vida y creencias en las paredes de sus edificios sagrados, en cerámicas, en
su vida diaria. Nos enteramos del descubrimiento del Señor de Sipán por uno de
los arqueólogos más representativos del Perú, Walter Alva. Al salir, fuimos a
probar unos trozos de King Kong un postre típico de Lambayeque que consta en
dos o tres galletas y entre ellas majar blanco y mermelada de naranja, piña u
otras frutas. Por supuesto sólo fueron unos pequeños trozos porque un King Kong
es muy grande para comerlo sólo, a no ser que el dulce es una de tus
debilidades en la comida. Después al pasear por el parque. Rodrigo prosiguió.
Desde ese incidente, Juan tuvo mayor
interés en continuar echando miradas fijas e incómodas a Elizabeth. Elizabeth
por su parte empezó a pasear más seguido por el pasillo del hospital, no sé si
para llegar un día a demostrarle a su padre que ese joven del accidente era muy
molestoso e insolente o si para responderle con una mirada con más odio. Sus
encuentros eran una batalla de miradas, al parecer ambos disfrutaban odiándose
y al pasar los días lo hacían más y más.
Después de tres meses de constante lucha
a distancia. Elizabeth llegó, como de costumbre, a las tres de la tarde al
hospital. Fue a través de los pasillos que ya conocía de memoria. Si le
preguntaban el porqué de su visita ella diría que estaba yendo a visitar a una
abuelita que había estado perdiendo poco a poco su memoria y que era familiar
de una amiga de la universidad. Claro su objetivo no era sólo ese. Cruzó el
pasillo que daba para la recamara de Juan, preparó su mirada de odio de los
jueves. Se acercó a la ventana. Y no encontró nada. Juan no estaba, se había
ido. Entró para cerciorarse que no había nadie. Estaba en lo correcto. ¿Dónde
se lo habrían llevado? ¿Qué habría pasado?
En ese instante su padre ingresó y dijo:
- Como un fantasma, desapareció
- ¿Ah?
- Juan, así se llamaba el muchacho y desapareció como
si fuera un fantasma. Sólo vieron que dos sombras de hombres salían por la
puerta principal a medianoche.
- Pe… pe… pero, ¿Por qué? ¿Cómo se lo llevaron en ese
estado?
- Lo que sospechamos es que pudo ser su tío,
Francisco Giménez. Aquella vez del accidente, le pedí conversar para explicarle
la gravedad del asunto, le expliqué sobre su proceso de recuperación y del
pronóstico de recuperación. Él sólo me hablaba de la reparación de los daños
causados a su sobrino y de la empresa que emprendería con el fin de
desprestigiarme sino le daba lo que pedía. Le respondí que no le temía y que
tendría que explicar mucho a la familia de ese joven por su conducta altanera y
despreocupada. Bueno, al parecer ideó una forma de ponerme en jaque. Pues con
esta noticia la prensa vendrá a averiguar si, en efecto, se ha perdido un
paciente de esta clínica.
- Oh no. ¡Papá!
Efectivamente, Juan estaba secuestrado en
su propio dormitorio en época de universidad. Su tío, nuestro tío, había
develado por fin quien era y qué intenciones tenía al parecer preocupado aquel
día después del accidente. Su dolor en la espalda estaba incrementando debido a
la posición incómoda en la que se encontraba, echado sobre un catre. No había
forma de escape pues no podía caminar firme, aún.
Antes que mi tío, nuestro tío, Francisco
Giménez hiciera algún movimiento, el Señor Céspedes decidió realizar un
comunicado a toda la prensa con el objetivo de mitigar los rumores y pedir
ayuda a las autoridades. Pero nada sería tan fácil como parecía.

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