- Hola Abril
- ¡Rodrígo!
- Esto es para ti. – Le entregué tímido el ramo de
flores y sentí que sus amigas empezaron a hablar a mis espaldas y mis orejas
empezaban a quemar.
- ¡Oh! Muchas gracias – me percaté de su sutil
sonroja en sus mejillas. – Espérame un momento, ya termino mi turno.
Al salir, fuimos a pasear un momento a
puerto Pimentel. El sol estaba en alto, grande, radiante. Los cabellos de Abril
se tornaron castaños en los bordes. Los caballos de totora en la orilla, las
olas livianas abriéndose paso entre las piedras, las ventanas del balneario
recibiendo los rayos del sol abriendo sus cortinas como ojos.
- Sé que no debería ir a verte. Pero siento que es
necesario.
- Rodrigo, sabes que no me puedo negar a conversar
contigo pero creo ya te expliqué de mi objetivo al venir a estudiar y trabajar
acá.
- Si, y lo entiendo. Pero considero que puedo
ayudarte a conseguir lo que buscas. No necesariamente he de hacerte perder el
tiempo con conversaciones triviales. Si tu deseas te puedo ayudar en algunos
cursos, además tenemos a la mano la biblioteca donde está tu tío. Ahí podemos
vernos la mayoría de veces.
- Pero… mi tío se enojaría.
- No creo, yo lo puedo persuadir. ¿Qué opinas?
- No sé. Me parece muy apresurado.
- Sólo quiero ser alguien en quien puedas confiar.
- Es muy difícil para mí. Lo siento.
Se fue, huyó. No quería verme más y no
podía verla más porque le seguiría haciendo daño o le llegaría a hacer daño en
algún momento. Era suficiente. Sin embargo, antes que se vaya del todo, antes
que pierda la oportunidad de seguir viéndole, antes de que nuestra historia
terminé en un adiós infinito, decidí no dejarla ir, que no se vaya del todo.
Tenía que quedarme con ella aunque sea por un momento. Corrí tras de ella. Le
tomé del hombro, ella sonrió, giró, me miró fijamente y me dio un beso infinito.
Me sorprendió. Me dejó perplejo. No podía moverme, sólo quería que todo se
quedara ahí, estático, para siempre, como una pintura, como una fotografía, no
saber más nada, terminar con todo el dinamismo del universo. Poner pausa por un
largo rato.
Al recapacitar en lo que estaba
sucediendo. Me empecé a cuestionar porqué es que tan de pronto, tan
súbitamente, ella me dio ese beso, me empecé a cuestionar porqué sonrió ¿Acaso
esperaba que la detuviera en su huída? ¿Acaso no quería huir de verdad?¿Acaso
pase la prueba de la perseverancia?
Abril me abrazó y dijo:
- Ya no lo soportaba más. No podía seguir pidiéndote
que te alejes de mi. Me gustas.
Mientras pronunciaba las palabras de
Abril, Rodrigo sonreía. Sabía que no era mentira lo que estaba recordando, sabía
que el sol radiante de ese día en Puerto Pimentel era testigo de aquello y
podía corroborar cada detalle de su historia, podía corroborar lo extraño que
se sintió siendo conquistado por una señorita, cuando la sociedad designaba a
los varones esa tarea. Podía corroborar que ese día se tomaron de la mano y que
estaban nerviosos. Podía corroborar que la vida misma mostraba sus colores más
vivos en las calles que caminaron hacia la Biblioteca, que la vida misma dejaba
oír su canción con el ritmo palpitante del corazón.
Ese mismo día el Doctor Céspedes estuvo
de paseo por el balneario y lo vio pasear de la mano. Algo que le pareció
curioso. Algo que tal vez sea necesario que su yerno sepa.
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