Sucedió que la familia de mi hermano
compró aquella casa que de adolescente añoró visitar. Seguía teniendo sus
ventanas blancas y una entrada acogedora con un jardín que saludaba con
geranios y algunas rosas escondidas pequeñas y recientes. El doctor Céspedes,
alto, delgado y de corto cabello blanco, estaba buscando un terreno amplio
donde construir la clínica.
- Lo encuentro y llamo inmediatamente a Lima, para
que vengan a construir -. Dijo con un tono de voz que no dejaba motivos a
cuestionar.
Luego de haber hecho la compra más veloz
de un inmueble que jamás haya visto, mis padres con afán decoroso decidieron
invitarles a almorzar de regreso a mi casa y así luego darles tiempo para que
desempaquen los pocos enseres que habían traído y que quedarían solos, por poco
tiempo, en aquella casa grande. El almuerzo, poco usual por cierto, constaba de
ceviche y tortillas de maíz, comida particular del norte y una de las
preferidas de mi hermano. Liz, le ayudaba para que pudiera asir con su mano el
tenedor y pudiera mover su brazo llevando la comida a su boca. Mi mamá contuvo
la respiración y algunas lágrimas. Juan saboreó el pedazo de pescado y disfrutó
de lo que sus papilas percibían.
- Hace tantos años que no probaba este plato – dijo
con una intensidad que reflejaba nostalgia – Gracias, mamá por recibirme con mi
comida favorita.
- De nada, hijo – resistiendo el temblor en su
mandíbula y las lágrimas en sus ojos.
- Bueno - mi padre interrumpió -, hijo, creo que nos
tienen que contar cómo se conocieron y luego decidieron casarse. Me sorprende
que no nos hayamos enterado del matrimonio, creo que nos merecemos una
aclaración.
- Papá, la historia es larga, espero que puedan
entender cuales fueron las circunstancias. Y por supuesto que tienen que
enterarse del porqué sucedió así. Ocurrió hace dos años, el último año en la
universidad. Ya les contaré después del almuerzo. Mejor hablemos de cómo van
las cosas por acá que les parece.
Hubo un silencio que esperaba ser roto
cuanto antes. Aclaré mi voz y sin pensar en lo que vendría dije:
- Ya acabo la carrera en estos meses – Luego no dije
más.
- Claro, espero que aceptes la oferta de la cual
estuvimos hablando. – Me contestó mi hermano. – Señor Céspedes, le compartí la
idea de que pudiéramos iniciar el proyecto de la clínica y él me pueda ayudar
en la oficina de finanzas.
- ¡Oh! Por supuesto hijo. Sería interesante ver a los
hermanos en acción. – Miró a mi padre. – He sabido que de adolescentes eran muy
unidos ¿Verdad?
- Si, tiene razón – Aclaró mi madre. – Todavía me
parece que están jugando fútbol en la calle con sus amigos.
Rodrigo y yo ya estábamos terminando de
desayunar y al parecer quería contarme más de él. Por mi parte tenía que ir a
comprar el pasaje de regreso para el día siguiente y tendría que ir hasta
Chiclayo en la terminal terrestre, me dijo que me acompañaría. Sentí que no me
podría escapar siquiera unas horas. Acepté su compañía y continuó contándome su
historia.
Después del almuerzo de aquel día, mi
hermano nos reunió en la sala y nos contó que fue lo que aconteció en Lima, el
porqué estaba en silla de ruedas y se había casado sin tener el consentimiento
de mis padres. Juan estudiaba en San Marcos. Un amigo de mi padre, cuyo trato
era casi como hermanos, se ofreció a darle un lugar en su casa donde se
quedaría durante los años que estudiaría en la universidad. Los primeros años
pasaron sin novedades. Cada mes recibíamos sus cartas que nos decía que le
había sido difícil acostumbrarse a la vida de Lima, a la rutina, a los
horarios, a vivir apurado pero al fin lo había logrado. Nos escribía
deseándonos felices navidades, felices años nuevos, felices cumpleaños, felices
todo y nada a la vez pues nadie se sentía feliz en casa. Mi padre con su
silencio a cuestas no estaba feliz, mi madre con su abnegación tampoco y yo,
bueno, yo era parte de lo difuso de la casa, a veces estaba otras veces no. Se
sabía que estudiaba, se sabía que salía a la playa, se sabía que regresaba o al
menos eso parecía. Juan, a la vez, con su desaparición física de la casa lo que
en realidad hacía era sobrevivir en Lima. A veces no almorzaba, o en ocasiones
sólo desayunaba en casa del tío Javier, el amigo de mi padre. Sólo iba a
estudiar y sin más regresaba raudo a casa para dormir y despertar en la
madrugada a terminar sus tareas. Siempre que lo leí pareció tener tranquilidad
en Lima, incluso se veía muy feliz en algunas pocas fotos que envió en medio de
las cartas que mi madre guardaba después de haberlas leído los tres en casa.
Mi hermano pasó muchos momentos de
soledad, nos extrañaba y quería saber si que el tiempo que estaba en Lima
tendría valor cuando regresara a Chiclayo. No soportaba las cuatro paredes en
las que se encontraba. Deseó entonces salir a caminar durante la noche. Era el
tercer año de su estadía en Lima y el Cercado de Lima era una zona comercial
pequeña a comparación de lo que es ahora, y algo peligroso en algunas calles.
Juan sabía defenderse algo, pues llevó algunas clases de artes marciales
conmigo en la secundaria en la cual ninguno de los dos sobresalió pero
aprendimos lo suficiente como para defendernos de algunos timadores, o rufianes
que hubieran osado robarnos algo, así salió confiado sólo para dar un paseo y
pensar en cómo esforzarse más, sentirse motivado y soñar con la futura empresa
De la Torre Martinez.
Caminar por la Plaza San Martín y
dirigirse a través del Jirón de la Unión hasta llegar al Palacio de Gobierno
era una rutina tranquila y sosegada para Juan. No había premura, los edificios
no eran tan altos pero uno disfrutaba de ver los balcones y cruzarse con las
personas que vestían de saco y corbata, en el caso de los varones, y vestidos
largos y peinados altos, para las damas que les acompañaban, claro todas ellas
o esposas o hijas. Era poco usual ver dos jóvenes, una señorita y un mozo,
caminando juntos, sólo podría ocurrir cuando ya eran pareja formal y presentada
en sociedad. Ya se escuchaba en las calles el comentario que en Argentina las
damas estaban obteniendo derechos para votar y ejercer su libertad en la misma
capacidad que un varón, incluso que querían dejar de usar faldas y ponerse
pantalón. Algunos a favor y otros en contra, la libertad era todavía un asunto
delicado en el cual las opiniones deberían estar bien fundadas para no caer en
un comentario extremista o desubicado, participar de una conversación adulta,
entonces era cuestión de estar bien informado y poder hilvanar palabras que
expresaran grado de cultura y coherencia para el status al cual uno pertenecía.
Juan caminaba por las calles donde los
vehículos, muchos de ellos de gran porte, llevaban a sus dueños y sus hijos
camino a las playas de Ancón. Mientras se mantenía absorto en sus pensamientos
observaba al sol que, regresando de su trajín al otro lado del mundo, llegaba a
estas costas para seguir su labor inacabable, invariable, inmutable. Entretanto,
se le acercó un niño sonriente, con un polo que fue blanco y llegó a ser gris,
con un short que fue negro y llegó a ser gris también y con un rostro pintado
de tierra y algunos rasguños.
- Joven, me podría dar una propinita, por favor. –
Pronto se echó a llorar. – Deme una propinita ¿Sí?...
- Niño ¿Dónde están tus padres? ¿Qué haces acá tan
temprano?
- Una propinita, por favor…
- Esta bien… Toma, pero tienes que ir rápido a la
policía… Tus padres deben estar buscándote.
Mientras mi hermano estiraba su mano con la moneda.
Se acercó un señor adulto con los ojos rojos, vestía terno pero estaba muy
desaliñado.
- ¡Otra vez, pedazo de mentiroso! ¡No le pidas nada
al señor! ¡Bien merecido te lo tenías por andar haciendo fechorías al Vecino!
- Perdón – interrumpió mi hermano -, su hijo no ha
comido nada, está desaliñado y usted lo maltrata. ¿Cómo es posible que le
impida comer? ¿Qué tipo de padre es usted?
- Mire jovencito, si no sabe, no se meta mejor. –
replicó adusto el señor.
- Me meto porque es un niño, es su hijo y ¿Sabe qué?
Lo voy a denunciar porque usted si que no sabe tratar a un menor, ni siquiera
es importante para la sociedad.
- ¡Usted no sabe nada, este petizo no es mi hijo y
desearía que no lo fuera!
- ¡Guardia! ¡Guardia! Este señor está maltratando a
una criatura.
Juan se percató que venía un puño a su
rostro. Rápidamente lo esquivó e intentó propinar una respuesta, pero el señor
lo detuvo. Juan le dijo al pequeño que corriera y que buscara a un guardia
civil para que arreste al salvaje. El niño corrió para cruzar la pista y no se
percató que llegaba un vehículo negro. Juan lo observó. Intentó liberarse como
fuera posible de las fauces de su contrincante. No podía. Le gritó ¡Hey no
cruces! En un último esfuerzo, con las últimas energías logró escapar y corrió
hasta mitad de la pista. Se abalanzó sobre el pequeño para salvarlo del
vehículo. El niño acurrucado dejó su peso en las manos de su salvador. Juan lo
cubrió con su cuerpo y el carro lo embistió. Se escuchó el chirrido de las
llantas frenando en toda la avenida.
Dos días después Juan despertó en una
habitación toda blanca, impecable, inmaculada, a lo lejos se escuchaba a Nat
King Cole. A través de la ventana de al lado se podía observar el mar, infinito,
el horizonte, la línea de conjunción entre el océano y el cielo, hermanos muy
parecidos.
Una señorita, a su lado, esperaba que
despertara. Lo vio abrir sus ojos, salió rauda del recinto. En unos minutos
llegó tío Francisco, el amigo de infancia de mi padre.
- ¡Juan! Hijo ¡Estás despierto! El señor Céspedes es
una gran persona. Gracias a él estás bien, hijo.
Juan intentó contestarle. No pudo. Sus
ojos hablaron por él, se enrojecieron, lloraron. Apretó la mano de tío
Francisco. Mientras tanto entró el doctor Céspedes y dijo:
- Joven, estamos muy alegres de que haya despertado.
Lo que hizo aquel día fue muy osado pero logró salvar al pequeño niño de ese
delincuente. Sabe que se enfrentó a uno de los más buscados de Lima, la guardia
civil logró capturarlo el mismo día, se hacía pasar como su padrastro, pero no
era así. Era un desalmado que trabajaba explotándolos como lustrabotas de día y
vendedores de drogas de noche, trabajaba para un tal Vecino. El niño fue
enviado a un albergue, ahí trataran mejor que en la pobreza donde vivía. Eres
un héroe, muy valiente, hijo. No preocupes porque puedas hablar, son los
efectos de los calmantes que te administraron que te mantienen aún sedado. Fue
un gran susto que nos hiciste pasar esa mañana, pero a tiempo pudimos ayudarte.
Mientras aún comentaba los hechos entró
detrás del doctor Céspedes, una jovencita delgada, muy bella, de piel blanca y
pecosa. Cabello rubio lacio, ojos grandes. Se acercó al brazo de su padre, y
miró a Juan con respeto. Susurró algo en el oído de su padre y se retiró. Juan
no podía asimilar aún la noticia que el doctor le estaba dando y tampoco
entender por qué estaba recostado en aquella cama y no galanteando a aquella
dama tímida y respetuosa.
- Bueno, me están esperando. Hijo, tranquilízate,
todo saldrá bien – Miró al tío Francisco y dijo -. Señor Francisco, por favor
acompáñeme un momento afuera.
- Ya nos vemos hijo.
Juan asintió. Y luego cayó en un profundo
sueño,
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